Aula sin muros

Rebumbio en las aulas

20/10/2019

A estas alturas del curso escolar, no teman padres, maestros y alumnos al estrés producido por el regreso al colegio, las clases, materias de estudio o la llegada del nuevo horario de invierno. Hay padres preocupados que acuden al psicólogo, dietista o pediatra para que les recete algo que calme la inapetencia, insomnio o dolores de barriga de los hijos a los que parece costarles dejar las sábanas por las mañanas y se levantan con un humor de perro bardino.

Los niños poseen una gran capacidad de adaptación y, en condiciones normales, los ritmos circadianos se acoplan, pronto, a sus cerebros dotados de gran plasticidad en plena etapa de aprender todo y de todo. Que se acuerden, padres, y sobre todo abuelos, de lo que, a diario, suponía, antaño, asistir a la escuela. Eso sí que era estrés. La voz iracunda de un maestro mandando a callar, el arresto por no saberse la tabla, cuyo canto rítmico se escuchaba en la calle, casas y patios de media vecindad o la simple visión de la palmeta, como símbolo de todo orden y disciplina, siempre a la vista, encima de un armario o la mesa del maestro.

Obvio que también el estrés sufrido por maestros y maestras que, después de apearse del coche, tenían que andar kilómetros para dar escuela en un barrio apartado del casco del pueblo. Conozco a un amigo, maestro, que, para dar clase caminaba, a diario, desde Tasartico a la Aldea de San Nicolás, en Gran Canaria y, me cuenta otro gran amigo, que su madre, también maestra, andaba desde Tejeda al barrio del Toscal, muchos días, a través de un camino por el que, al llegar a la escuela, tenía que cambiarse los zapatos por la polvareda (polvajera en canario campesino) en verano y el barrizal de los inviernos.

En Argentina se dice que se arma un quilombo, en las Canarias que se forma un rebumbio. El Léxico de Pancho Guerra lo define como «jolgorio con mezcolanza de actitudes y personas». Es lo que sucede en una mayoría de nuestras escuelas de hoy en las que, según informes de directores y profesores, se pierde una media de 15 a 20 minutos, en cada clase diaria, en poner orden, mandar a callar, resolver conflictos o contener a alumnos díscolos o indisciplinados.

A esto se une que, a veces, resulta difícil distinguir entre el que enseña y aprende por el familiar y generalizado tuteo, igualitario, en la falsa creencia que este estilo de comunicación, el compadreo, facilita el aprendizaje. Imposible que sucediese en tiempos pasados en los que, maestras y maestros, eran recibidos en pie, por parte de los alumnos que rezaban una breve oración antes de que el maestro mandara sentarse y, sin que ya se oyera el ruido de una mosca, cuando comenzaba la clase.

Hoy se fomentan las relaciones horizontales, se dice que democráticas, en las que el maestro es tratado como un colega más en el entorno de la comunidad educativa y el aula. No existe ningún signo externo que lo distinga del resto, y su palabra, como vehículo de autoridad y conocimiento, ha perdido todo su valor.

Aumentan las quejas y denuncias del profesorado ante los reiterados actos de disrupción y violencia por parte de alumnos. Una profesora tuvo que ser auxiliada por el resto cuando mandó a que un alumno de Bachillerato apagara su móvil que no dejaba de reproducir silbidos. La tutora de un centro es empujada por dos alumnos al asistir a una entrega de notas que, además, se vio acosada por los propios padres, sabedores de que sus hijos suspendían la evaluación. Y otra maestra destinada a un centro escolar de un barrio de los llamados conflictivos o de exclusión social se vio obligada a pedir la baja por ansiedad debido al acoso que sufría por parte de los repetidores de una clase de la ESO.

Si hay un profesor que intenta poner orden, con apercibimientos, debido a una reiterada conducta disruptiva o tomar otro tipo de medidas disciplinarias se expone a las críticas de padres y puede que el consejo escolar o la asociación de padres y madres propongan una denuncia a la inspección. Se olvidan de que, por ley, los profesores están considerados como autoridad pública y tienen, como la policía, la presunción de veracidad.

Es el llamado síndrome del emperador de los hijos que maltratan a sus padres, trasladado al ámbito escolar. Tal estado de cosas lo atribuyen los expertos en educación y resolución de conflictos a la escasa implicación de los padres, sin que no siempre sean los únicos culpables de su inhibición, pero sí de no imponer límites a tiempo y de que los hijos sepan que no todo está permitido, la excesiva permisividad de la sociedad, la incertidumbre ante el futuro después de terminar un ciclo de estudios reglados y la deserción escolar sobre todo de las clases más empobrecidas.

En cualquier caso, existen suficientes pruebas de que a los alumnos e hijos de hoy no se les ha educado en que hay un límite y en razón de una equivocada pedagogía, yo diría, que de mojigatos o blandengues, de que no hay que frustrarles. Una idea que viene de falsos consejos implantados en la familia.

Para desterrar las viejas prácticas, una de cuyas máximas era aquella de «la letra con sangre entra», se considera al niño, y es procedente, como sujeto activo del proceso educativo, pero nunca como único y privilegiado ser en torno al cual gira todo el conjunto, recursos humanos y materiales, del aprendizaje y proceso educativo.

Se ha pasado de la represión y el olvido más absoluto de sus derechos de los tiempos decimonónicos y la dictadura a la permisividad muy cerca del «dejar hacer» anárquico. De esta manera no se le prepara para, en un futuro próximo de competitividad, la selva de la vida, a ser resiliente. Competente para superar los embates, dificultades, hoy más que nunca, de un futuro plagado de incertidumbres.

No es de extrañar que este generalizado comportamiento, si no disruptivo, poco educado o descontrolado que, al tiempo, derive en adolescentes de Bachillerato o jóvenes universitarios que ignoran y hasta desprecian las normas de convivencia. A veces son incapaces, valga el ejemplo, de ceder su asiento, en la guagua, a una mujer embarazada o una anciana. Ni caso. Están absortos, inmersos en otro rebumbio silencioso, virtual: el de sus móviles y tabletas con las que se comunican con amigos de medio mundo, pero también con el que se encuentra en la punta de atrás del transporte.

Parece que nadie es capaz de poner coto a que, cada día más, prevalezca lo audiovisual en las aulas; que, un curso y otro, estén masificadas; que cientos de alumnos, en la educación pública, asistan a clase en barracones; o que los profesores se vean impotentes para detener accesos de violencia; no hay respuesta efectiva para ciertos problemas mentales y el mayor interés pedagógico se centra en la tecnología, por lo que se anuncia una computadora por cada pupitre y se olvida de uno de lo principios básicos de la Ilustración y el nuevo Humanismo nacido de la Ilustración del siglo XVIII: sapere aude, enseñar a los alumnos a que se atrevan a pensar por sí mismos y tener capacidad crítica. Que no todo es erudición de papagayo, sino que importa formar en habilidades, competencias y valores democráticos que impregnan a todas las materias del currículo. Origen de gente adulta, formada en valores, dispuesta a la cooperación más que la competitividad y el consumismo ciego, opuesta a todo poder arbitrario.

Lo que se viene diciendo como uno de los principios éticos de la filosofía clásica y la mayoría de los credos y religiones, cuyo cumplimiento se olvida en favor del poder despótico e intereses espurios: la ética de saber, discernir entre el bien y el mal.