Un martes cualquiera

Reacciones ante el caos

25/02/2020

Las reacciones de los individuos ante sucesos extremos e inéditos, como el cúmulo de fenómenos meteorológicos paranormales que golpean a las islas, no sé si reflejan su pasta o, simplemente, proyectan la imagen del punto en el que se encuentran emocionalmente. Lo seguro es que son, cuanto menos, curiosas. Hemos visto de todo. Desde un agente de policía disfrazado de héroe salvando la vida de un transeúnte al interponerse entre una placa que caía fruto del viento, hasta un buen hombre limpiando su coche en medio de la tormenta de arena. De la proeza a la incoherencia, pero es lo que tiene enfrentarse a algo por primera vez. Uno puede salir por la absurdez o por la locura altruista. Es imprevisible.

«Hemos visto de todo en una crisis climática en la que se ha gestionado mejor el fuego que el esperpento en el que se convirtió Gando»

Otra fotografía inquietante fue la de miles de jóvenes con ganas de marcha clamando contra la suspensión de los carnavales al tiempo que celebraban la cancelación de las clases. Así está el patio. En Tenerife llegaron a pedir la dimisión de la alcaldesa de Santa Cruz por haberles dejado con el disfraz puesto y sin música, aunque ellos siguieron bailando con las llamas de fondo y respirando veneno. Cada loco con sus prioridades, pero la inconsciencia de las futuras generaciones es inquietante. Aunque no lo generalicemos, porque otros de su quinta les reprendían con mi misma crítica.

Y este doble rasero que ha salido de tanto polvo, tierra y viento también se ha visto en las instituciones públicas. Por un lado, la excepcional labor de bomberos, policías, agentes medioambientales, UME y resto de cuerpos que, apenas seis meses después del infierno que vivió la cumbre, volvieron a luchar contra el fuego. No sé si fue fruto de esta experiencia tan cercana, pero la realidad es que la habilidad que han mostrado a la hora de reducir los conatos, evacuar a los vecinos en riesgo y salvar las infraestructuras es modélica. Contrasta con la poca mano izquierda que se ha tenido en el aeropuerto, donde los pasajeros se han visto obligados a dormir en el suelo, masificados, desinformados y sin apenas comida ni recursos para una espera medianamente digna. No todos han estado a la altura en este póquer de alertas.

Y mientras las langostas invaden Las Canteras, como broche de oro ante un surrealista caos, ahora mismo mi sueño es abrir la ventana cuando este artículo vea la luz y encontrarme con un aire limpio y sin atisbos del color marrón. La pésima calidad del oxígeno está siendo una tortura china para las personas con afecciones en los pulmones y problemas respiratorios, y tanto es mi deseo de agua para que limpie la atmósfera que solo me falta subirme a la azotea y hacer la danza de la lluvia. Que me perdonen mis hermanos africanos, pero por primera vez me gustaría estar lejos de ellos. Se me pasará desde que volvamos a la normalidad y dejemos de ver imágenes chernobilescas de gente con mascarillas en medio de esta polución natural. Ojalá que al menos la experiencia sirva para concienciar a los más duros de mente que el cambio climático es una realidad.