OPINIÓN

Que vienen las suecas

Este fin de semana me invitaron a una de esas fiestas que comienzan al mediodía y que se prolongan hasta la noche entre vinos y barbacoa. Hombres y mujeres, gente muy variada. Y a eso de la última hora, ya todos distendidos, algunos comenzaron a contar batallitas de cuando su adolescencia y la de sus hermanos mayores en Las Palmas de Gran Canaria de los años setenta; que entonces (como ahora) era una ciudad cosmopolita pero en la que aún sobrevolaba la rigidez de los usos y costumbres del tardofranquismo. Un despertar vital en un enclave repleto de cabarets entre el barrio de Alcaravaneras, el paseo de la playa de Las Canteras y el parque de Santa Catalina. Todavía no existía el sur como lo concebimos hoy.

Unos hombrecitos, tan propio de esa edad, que con atrevimiento intentaban tener sus primeros escarceos que, por lo general, eran con las turistas; sí, precisamente esas suecas tan estiladas en el cine español del ‘landismo’. Y cómo se las gastaba algún que otro enamorado para engatusar a esa hija de un alto oficial militar del franquismo que tanto imponía. Las Palmas de Gran Canaria estaba rodeada de plataneras y en medio del espacio urbano sobresalía alguna que otra parcela donde guardar las cabras. Ese típico descampado en el que el abuelo depositaba ese coche que fue testigo de los primeros contactos con el sexo. Y entonces te percatas que también uno, más allá del espacio y del tiempo histórico, ha experimentado ese brío juvenil y a ratos pudor en esas relaciones iniciáticas que antes o después nos abren al universo femenino.

«Lo repasaban entre el entusiasmo del tiempo vivido y la nostalgia; de esa particular certeza de lo rápido que se marcha la vida».

Confieso que me reí mucho mientras contaban sus periplos. Lo repasaban entre el entusiasmo del tiempo vivido y la nostalgia; de esa particular certeza de lo rápido que se marcha la vida. Y entonces entiendes las ganas de vivir. Y la confianza por transcurrir etapas vitales habiéndolas colmado y nunca quedándote estancado o con lagunas por el camino. Nuestra ciudad durante el desarrollismo económico y la recepción del turismo de masas, tuvo que ser muy pintoresca para lo que era la España del momento, pacata y asfixiada por la bota moral del nacionalcatolicismo. Y eso permitió un balón de oxígeno, de parcas libertades, para aquellos jóvenes a los que las suecas que intentaban ligar representaban el otro mundo liberador al norte de los Pirineos. Algo similar a una sensación de libertad, que no se conocía, y que podía saborearse los viernes y sábados por la noche mientras tomabas una copa en los aledaños del parque de Santa Catalina. Era otra ciudad, diferente a la España provinciana, pero era el mismo afán noble de juventud que todos hemos sentido en algún instante.