Nuestro espacio

Patricia Vidanes Sánchez
PATRICIA VIDANES SÁNCHEZ

«Tienes mala cara». «¡Qué pálida estás!». «Estás más delgada». «Estás más gorda». «¿Estás enferma?». «¿No tienes un buen día?». «¿Estás enfadada?». «¿Tienes la regla o qué?». Estos comentarios absurdos sobre el aspecto físico o el estado de ánimo los hacen cada día los hombres a las mujeres, siempre con un aire de negatividad. Es una forma más de machismo, una muestra de la superioridad de la que hacen gala los hombres, los mismos que no pueden cerrar las piernas en el transporte público y que invaden el espacio de otros pasajeros. Bueno, pasajeras.

A algunos les parece desproporcionada la campaña que en Madrid, sobre todo, se lleva a cabo contra el manspreading, que no es otra cosa que la apertura de piernas que a costa del espacio de las mujeres hacen los hombres. La iniciativa se centra en el metro, pero va más allá. Sucede en la guagua e incluso en el avión. Sucede en todos los aspectos de la vida. Los hombres, casi por inercia, demuestran nuevamente sus aires de superioridad arrasando el espacio que debe ocupar la mujer. Como también lo hacen cuando en un debate arrebatan una y otra vez la palabra a su interlocutora femenina, o peor aún, cuando lo hacen para explicar lo que la mujer ya sabe. Y es que los hombres, en su mayoría, todavía no aceptan que las mujeres puedan saber lo mismo o más que ellos, que merezcan un espacio propio en cualquier debate o conversación y que, por supuesto, defiendan su espacio físico, su derecho a no sentirse agredidas por las extremidades de extraños.

El colectivo feminista Mujeres en Lucha ha logrado que el debate se abra sobre algo a primera vista tan estúpido como es la manera en la que los hombres se sientan, cómo arrebatan espacio a las mujeres y las obligan a posturas incómodas. Es la representación misma de la educación que todavía hoy niños y niñas reciben. Y no, no es el asunto tan banal como parece, es sinónimo de jerarquía y territorialidad.

Como lo son los comentarios sobre el estado físico y mental de la mujer, una forma de agresión, de dominación. El lenguaje es utilizado para dejar claros convencionalismos sociales machistas que invitan a seguir pensando que la mujer siempre debe estar hermosa, bien maquillada, feliz y dispuesta para la vida que se le presenta. Apariencia frente a intelectualidad. Mientras, ellos, espatarran su saber, su dominio y su belleza como quieren y donde quieren