Opinión

Nuestro Cinema Paradiso

22/08/2019

Qué hubiera sido de nuestra vida si no hubiese existido la Unión Deportiva Las Palmas? Cada persona tendrá su propia respuesta. Para unos será algo intrascendente, para otros un eco distante de carruseles deportivos o gestas que escuchaban a todas horas, y para muchos de nosotros quizá la memoria más palpitante y más intensa de nuestra infancia. Yo tengo cincuenta y dos años y Las Palmas cumple setenta. El club podría ser mi padre y el equipo es como parte de nuestra familia más cercana porque su historia se ha escrito junto a la nuestra: su épica, sus triunfos y sus decepciones se parecen mucho a los que acontecen en la propia vida, con esas inevitables subidas y bajadas por las que navegan los años.

En estos 70 años está la memoria de todos los que se emocionaron algún día con la Unión Deportiva. El club nunca será de nadie. Solo pertenece a todos los que alguna vez vibraron con sus colores y con sus gestos inolvidables.

Los que hayan visto la película Cinema Paradiso podrán entender mejor todo esto que escribo. La Unión Deportiva es esa memoria emotiva, colorista y mágica de la infancia. El Estadio Insular es como aquel cine que echaron abajo por la especulación y la falta de respeto a la memoria, y si le ponemos la música de Morricone de la película italiana, sentiríamos lo mismo que sintió Salvatore “Toto” cuando vio caer los muros de sus recuerdos en una polvareda de olvido. Alfredo le fue guardando durante años todos los besos que iba censurando el cura, y como esos besos son para nosotros los goles inolvidables, el olor del césped, la jarea, la corneta de Fernando el Bandera, el Kalise pá los nervios, el busto de bronce de Guedes, las banderas de colores en los muros, el marcador de la esquina Sur con Naciente, los aficionados sentados en los arenales que solo veían los goles de una portería, las camillas con los infartados, el último partido de Tonono, la retirada de Germán Dévora, el gol de Quique Wolff contra el Celta o el de Trona contra el Barça, las faltas a la escuadra de Brindisi o Coke Contreras, las carreras de Morete, los zarpazos de Juani, las galopadas de Felipe desde su área, el pundonor de Estévez, de Roque Díaz o de Félix Marrero, y nuestros padres y nuestros abuelos contándonos las hazañas de Beltrán, de Juanono, de Manolo Torres, de Silva o de Mujica. Cada cual, si cierra los ojos, puede recorrer todo lo que ha vivido siguiendo el destino del color amarillo durante muchos años, cada uno en su época, con sus mitos y sus momentos de gloria, y sobre todo con esos pequeños detalles que no le importan a nadie y que, posiblemente, quedaron olvidados para siempre en los anaqueles y en las hemerotecas, la persona que estaba a nuestro lado en un partido inolvidable, un control de balón en el centro del campo de Noly o de Jorge el chicharrero, un escorzo imposible de Juan Carlos Valerón, la magia de Orlando dentro del área o la cara de asombro de Cruyff, Maradona o Kempes ante el ambientazo del Estadio Insular y la osadía de unos jugadores que se volvían grandes figuras en los partidos importantes.

Nunca he sabido explicar con evidencias o desde la razón por qué siento lo que siento cuando gana o pierde la Unión Deportiva.

No tendría argumentos: cuando me preguntan cuento detalles y recuerdos de las grandes y de las pequeñas gestas o dejo que mis ojos brillen. El equipo, en estos setenta años, ha sido capaz de sobrevivir a muchos imposibles y de adaptarse a estos nuevos tiempos que algún día quizá vuelvan épicos quienes ahora miran hacia el césped con ojos de niño. Gracias a esos ojos que conservamos intactos en la película de nuestra vida, volvemos a mirar los resultados y la clasificación, aunque nos digamos que esta vez no vamos a caer en esa tentación que termina quebrando nuestro estado de ánimo los días de partido. Volvemos. Todos regresamos. Y así estaremos toda la vida. Porque no vemos lo que tenemos delante. Lo que sentimos, cuando alguien pronuncia el nombre de la Unión Deportiva Las Palmas, o cuando vemos el escudo en la camiseta amarilla (todas las demás camisetas serán siempre invisibles para muchos de nosotros), es similar a aquel cosquilleo que nos elevaba a medida que escuchábamos el eco lejano del Insular, o desde que reconocíamos el olor de la hierba que jamás brillará como cuando aquellos focos se iban encendiendo poco a poco cada sábado a las ocho y media de la noche. En estos setenta años está la memoria de todos los que se emocionaron algún día con la Unión Deportiva. El club nunca será de nadie. Solo pertenece a todos los que alguna vez vibraron con sus colores y con sus gestas inolvidables.