Tengo una novia en Portmán

Rosa Palo
ROSA PALO

La religión que profeso solo tiene dos sacramentos: desmaquillarse y leer antes de dormir. Todas las noches de mi vida, haya llegado como haya llegado (con el corazón roto, con el estómago revuelto, con la cabeza efervescente), me he metido en la cama tras limpiarme la cara y echar mano de la novela que me esperaba en la mesilla. Pero, curiosamente, pocas veces me he acostado con un libro de poesía. Será porque, durante mucho tiempo, no ha habido nada que desdeñara más que la emoción rimada. O lo que yo creía que era eso.

En los años feroces y jóvenes es fácil despreciar lo que no conoces: dura por edad, y con la soberbia propia de la falta de entendederas, que las oscuras golondrinas volvieran o no me importaba un pito. Tildaba de cursis a los poetas porque no era capaz de entender que el dolor, la crueldad, el amor o la desesperación se podían condensar en unas pocas palabras; necesitaba, al menos, trescientas páginas para encontrar reflejada la vida propia en las ajenas, y me las bebía con la misma facilidad con la que me echaba un chupito al coleto. Ahora, en cambio, tan blanda ya por dentro como por fuera, me bastan catorce líneas para deshacerme.

Me siguen dando igual las golondrinas, o que claves en mi pupila tu pupila azul, o que te guste cuando callo porque estoy como ausente, pero hoy, Día Mundial de la Poesía, me acostaré con un poema. Y desmaquillada, claro. Aunque no nos engañemos: una no se ha vuelto una loca de los sonetos. Y que, puestos a rimar, prefiero los versos improvisados de los troveros de mi tierra, como estos que recoge Casimiro Bonmatí: «Tengo una novia en Portmán / otra tengo en Herrerías. / Con la una me anochece / con la otra me pilla el día».

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