No, lo de la árbitra no es un hecho aislado

09/12/2019

Por suerte para el deporte y por desgracia para el individuo, en el partido disputado el pasado fin de semana en Fuerteventura y en el que un espectador amenazó a la árbitra con agredirla y violarla había poco público. También por suerte para el deporte y por desgracia para él, alguien sacó un teléfono móvil y registró el momento. Y finalmente por suerte para todos, la árbitra registró lo sucedido en el acta y el asunto ha superado las instancias deportivas y entra en el ámbito judicial. Pero no caigamos en el error de pensar que es un hecho aislado. Por desgracia no es así, de manera que no se trata de ensañarse con este bárbaro (presunto) como si fuese el único espécimen (presunto) que comete una barbaridad (presunta) de ese calibre.

Son más los que lo hacen y son muchos más los episodios de las mismas características. Con el añadido de que les sale bastante barato, por no decir que gratis. Y no hay que buscar muy lejos: ahora ya sabemos que el individuo tiene fue apartado del fútbol por un episodio violento, pero ahí sigue entrando en los campos y ahí lo mantienen en el staff del club. Como también el presidente del equipo local tiene un historial que no es precisamente ejemplar.

También las futbolistas del Femarguin se han encontrado con amenazas y en el campo del arbitraje el rosario de improperios de corte machista y violento que tienen que aguantar cada fin de semana da para escribir una antología propia de bárbaros. Es, por tanto, un fenómeno estructural, que conecta un machismo y una agresividad latente con la práctica de un deporte de masas donde, hasta la fecha, amenazar no tiene prácticamente coste alguno. ¿Quieren otro ejemplo? Hace dos fines de semana se oyeron cánticos deseando la muerte de un futbolista en el campo del Atlético de Madrid y todavía estamos esperando que haya una medida ejemplar.

Cuando estos días hemos conocido los resultados del informe PISA y se nos ha caído el alma a los pies, quizás ha faltado valorar que menos mal que los sesudos analistas de PISA no miden la educación en valores. Porque en ese caso no sé si habría profundidad suficiente para situar en qué nivel se encuentra España. ¿Quieren otra prueba? Chequeen el vomitorio público en que se han convertido las redes sociales en su gran mayoría. Y ahí de nuevo también sale gratis.

Por todo eso no es de extrañar lo ocurrido en Fuerteventura. Menos mal que había en el campo una árbitra valiente. Porque el gran cobarde es él, y en esto me ahorro el presunto.