Por si le interesa

No es bueno despedirse a medias

27/02/2020
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Gaumet Florido

Leí estos días, no sé muy bien dónde, que ya se estaba recurriendo a una tecnología de última generación para hacer que familias que habían perdido a algún ser querido pudieran interactuar con él cuando lo necesitasen. Recurrían a una especie de holograma que creaban a partir de las imágenes en movimiento que pudieran conservarse del fallecido y que, gracias a recursos propios de la inteligencia artificial, podría incluso interactuar con los vivos, imitando su forma de moverse y hasta de actuar. Se decía en la información que esta fórmula contribuiría a ayudar a los familiares a mitigar el dolor por la pérdida. Lo presentaban como una buena opción.

Una despedida a medias cronifica el dolor. Vale más la crudeza de un duelo a una ensoñación falsaria

Las reacciones, a favor y en contra, no se hicieron esperar. A mi juicio, si el recurso existe, cada uno es libre de utilizarlo o no. Al fin y al cabo, al menos en teoría, no lesiona derechos de un tercero. Pero no veo claro que de verdad ayude. No soy psicólogo. Tampoco manejo conocimientos profesionales sobre la materia. Sin embargo, ya sumo años como para haber vivido la experiencia de una pérdida, más de una, de hecho, y me consta que no hay nada peor que una despedida a medias. Es más, solo cuando uno toma conciencia de que la persona se fue, de que esa ausencia es real, entonces podrá encarar el duelo con naturalidad para incorporar, y normalizar, en su rutina diaria, ese vacío que nunca nadie podrá llenar. Por eso tengo la sensación de que recursos tecnológicos como este, lejos de ayudar, eternizan la despedida y, con ello, el dolor.

Atendiendo a este mismo criterio, no comparto la tesis, y la práctica, más o menos generalizada, de aislar a los chiquillos de algo tan consustancial a la vida como la muerte. Se les llega incluso a ocultar que ese familiar que tanto echan de menos ya no vendrá más. Se les despista con mentiras: que si se fue de viaje, que si se marchó a trabajar lejos... Hablo otra vez a título muy personal. Viví una experiencia así con uno de mis abuelos. Quise decirle adiós y no me dejaron. Quisieron protegerme y solo consiguieron que no cicatrizara mi pena durante meses y que, hoy, tantos años después, tenga esa herida abierta. Si el niño tiene la madurez suficiente como para concebir qué es la muerte y que puede afectar a gente de su entorno, hay que dejar que afronte sus secuelas.

En ese sentido, y pese a las críticas que desataron semanas atrás este tipo de iniciativas en algunos colegios de España, apoyo que en los centros en los que fallece un alumno los profesores dediquen al menos un día a explicar al resto de los compañeros qué ha pasado y a dejarles verbalizar su forma de decirle adiós. Una despedida a medias cronifica el dolor. Vale más la crudeza de un duelo a una ensoñación falsaria.