Opinión

La talla política

«Ahora que tanto se debate sobre la vigencia o no de la Transición cuando hay formaciones que reclaman una ruptura, no podemos obviar que los sistemas políticos de Estados Unidos o Alemania (entre otros) llevan más tiempo operando sin problema alguno».

En España, con la salvedad de los dos jefes del Ejecutivo de UCD Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo-Sotelo, que no es poca, no estamos aún acostumbrados a enterrar periódicamente a los que han sido nuestros presidentes del Gobierno. A diferencia de Estados Unidos, aquí la democracia tal como la conocemos es mucho más reciente. Hasta el punto de que hace unos días se cumplió el cuarenta aniversario de los primeros comicios generales de 1977.

Sin embargo, en Alemania la estela gubernamental es mayor desde el conflicto bélico que asoló al Viejo Continente durante la mitad del siglo pasado. La muerte de Helmut Kohl no es la de una figura cualquiera. Fue el mandatario que asistió a la caída del Muro de Berlín y el que propulsó la reunificación alemana. Esto último, lo de unir al país tras la división fruto de la Guerra Fría, no era tan aplaudido por otros líderes internacionales del momento. Existían dudas sobre la idoneidad o no de apoyar a Kohl. Y este contexto lo aprovechó Felipe González para conseguir, a cambio de su respaldo, los fondos de cohesión que estimularon el crecimiento económico español en la década de los años noventa. González supo identificar este don de oportunidad que supuso un revulsivo presupuestario para nuestro país.

Esa grandeza de los dirigentes, carismáticos o no, es la que siempre protagoniza la irrupción de las grandes etapas históricas. Con la mezquindad no se llega a ningún lado y, en algún instante, hay que apostar por aquello que se cree más conveniente. Pensemos en Suárez al legalizar el PCE o en el mismo Kohl que no titubeó cuando su nación se lo pedía y aún las tropas soviéticas estaban desplegadas en la extinta República Democrática Alemana.

Con todo, Kohl protagonizó un dilatado periodo presidencial (1982-1998) que suena raro a estas alturas de tanto descrédito de la política. Se antoja hoy por hoy complicado asumir con naturalidad periplos de gestión pública tan largos. Es como si fuésemos capaces, amén de la videopolítica y la instantaneidad, de sepultar políticos a machamartillo que, bien pensado, todavía podrían ser aprovechables. En cambio, a los padres de la patria hay que honrarlos y rendirles tributo cuando fallecen; con independencia, por supuesto, de su procedencia ideológica. Ahora que tanto se debate sobre la vigencia o no de la Transición cuando hay formaciones que reclaman una ruptura, no podemos obviar que los sistemas políticos de Estados Unidos o Alemania (entre otros) llevan más tiempo operando sin problema alguno. La historia constitucional española, por desgracia, no ha sido así. Nos hemos caracterizado por el carpetazo fácil. Solo faltaría que no supiéramos despedir debidamente a nuestros presidentes.