Primera plana

La señora del bloque

19/07/2019

Una señora en Jinámar murió hace unos días, quizá semanas, y nadie se percató hasta hace poco. Por supuesto, los vecinos claman al cielo por el problema de convivencia que ha generado los malos olores y la falta de higiene en su domicilio. Menudo caso. Que, a su vez, suele ocurrir en los extrarradios de las ciudades y no en las zonas residenciales. Sí, las clases sociales existen; otra cosa es que el lenguaje de lo políticamente correcto nos impida certificarlo. Pero no es lo mismo aludir a que la señora vivía en un bloque que en un piso, un adosado o un chalet. El lenguaje determina los significados.

Pero hoy me quedo con su soledad. Enferma mental o no, lo ignoramos por completo, la rutina de esta señora tuvo que ser una tortura. Un día tras otro aislada, sin apenas comunicación, si es que la tuvo, y sin familia a efectos prácticos; ahora aparece una sobrina que autoriza la entrada en el hogar para limpiarlo. Pero es la soledad más absoluta, jamás buscada, con la que tuvo que acarrear a modo de silenciosa penitencia. Es más, si no fuese porque murió de esa manera y generó la noticia, esta columna estaría dirigida a otro asunto.

«Un día tras otro aislada, sin apenas comunicación, si es que la tuvo, y sin familia a efectos prácticos; ahora aparece una sobrina que autoriza la entrada en el hogar para limpiarlo»

Algunos dicen que la muerte de esta señora no es política. Y yo digo que lo es. Que incluso es más política que el reparto institucional al que asistimos en estas inquietantes jornadas. Porque de nada sirve la distribución del poder si, en definitiva, no se atiende el drama social. La soledad es uno de los males que se expanden a sus anchas. Los valores flaquean en la sociedad de consumo y lo individual (cuando no los malditos egos) carcomen los lazos colectivos. La soledad enquistada, que no los ratos a solas, son una tortura. Otro aspecto es cómo se llega a esa situación y si los tuyos van por su propio camino por interés personal o, todo hay que decirlo, lo hacen porque anteriormente sufrieron desprecios y avasallamientos del ahora excluido. Solo la memoria de cada uno sabe la verdad, o su verdad. Con todo, habrá más noticias en el futuro sobre más señoras (o señores) del bloque de Jinámar que, a su manera, nos recordarán el lado oscuro y encubierto de la sociedad. Aquel que no aparece en los discursos oficiales ni en el telediario del mediodía. Pero está ahí, y tanto que está. Y es que la Administración tampoco puede cubrirlo todo, ni debe. Al final hay un espacio íntimo y familiar que solo uno y los suyos pueden resguardar. La vida y su complejidad va más allá de los recursos públicos. Esta semana Jinámar ha vuelto a recobrar actualidad. Dentro de unos días será nuevamente olvidada. Hasta que las páginas de sucesos de los periódicos recuerden que todavía, aunque para algunos esté mal decirlo, en Jinámar y otros enclaves socioeconómicos parejos acontecen cosas que en otras zonas, ni por asomo, son imaginables. Por algo será. Y conveniente tenerlo en cuenta.