Opinión

La justicia como arma popular

10/11/2018

Las decisiones judiciales se acatan pero al tiempo pueden criticarse: ¿qué sería si no del valor de la doctrina? El Tribunal Supremo se ha puesto en un lugar peligroso donde ha sido cuestionado por errores de gestión cometidos por sí mismos. Ya no estamos ante el debate recurrente sobre la judicialización de la política o la politización de la justicia (vasos comunicantes que se retroalimentan cada vez con mayor asiduidad) sino ante uno relativamente nuevo: la ferocidad e indignación popular (el pulso de la calle) frente a la labor jurídica. Esto sí es un paso inaudito. Es verdad que la justicia siempre ha sido más igual para unos que para otros, léase condición humana. Que administrar la justicia tiene un componente de interpretación de la realidad social, y en ella está, por descontado, las clases sociales; que no es lo mismo un divorcio entre trabajadores manuales que decidir sobre un aforado.

Los bancos salen airosos de un aprieto cuyo coste económico hubiera sido enorme. Y que quizá se ha tomado la salida fácil de endosarle la carga de la responsabilidad a los usuarios y, por lo tanto, mantener la inercia del orden existente (la jurisprudencia consolidada). Una decisión más sencilla que revocar y aplicarle el pago del impuesto de actos jurídicos documentados al españolito medio.

Alguna fuerza política está hablando de rearme popular como contestación (que es la consabida justicia como arma arrojadiza) para hacerle saber al Tribunal Supremo el rechazo del pueblo. Una tendencia de populismo judicial que casa con el devenir de los tiempos que hemos ido conociendo. Porque una cosa es la crítica jurídica (humana, natural y razonable) como deber cívico y otra bien diferente tomar la decisión del Alto Tribunal como munición popular. Se trata de un pronunciamiento del Tribunal Supremo que no es como el resto y cuyas consecuencias son muy tangibles en un país cuya cultura de la vivienda está más afianzada en la compra (la onerosa hipoteca) que en la cultura del alquiler. El pisito como patrimonio simbólico familiar de una sociedad arraigada en las costumbres y en el legado transmitido de generación en generación. En España las herencias tienen especial importancia. Porque la hipoteca es un asunto familiar y sobre las familias en su pluralidad se asienta la sociedad. Puede que el Tribunal Supremo no lo tuviera en cuenta al sopesar el poder de la banca: el capital supera al costumbrismo hipotecario.