Las venas abiertas

La isla

07/04/2020

Hace ya muchos años que me desprendí de los complejos de la insularidad y razoné, más allá del sentimiento de pertenencia, que no hay mejor lugar en el mundo en el que vivir que Gran Canaria. No necesito más de lo que me da esta isla para ser feliz. Eso no me encierra. Me apasiona ver mundo, viajar, conocer y llegar a lugares en los que desandar el relato de la historia hasta estremecerme. Pero siempre quiero volver a casa; aunque muchas veces me derrumbe el desconocimiento interior, de la verdad y de la belleza de este lugar en relación a los deseos de partida sin retorno que muchos llevan por bandera.

Nunca he sentido el aislamiento de una isla. El estar desprendido de una geografía común y vivir donde la interacción con el territorio se ve limitada en sus cuatro esquinas por la poderosa impresión de un Atlántico inabarcable. Pienso en las infinitas realidades, culturas y singularidades que se extienden por los 21 municipios de la isla y comprendo que es imposible extinguirse por abulia en un lugar con tanta riqueza interior.

Alejo Carpentier tenía un personaje llamado Carlos, que asomado a El Malecón habanero, «pensaba acongojado en la vida rutinaria que le esperaba. Condenado a vivir con barreras de océano cerradas sobre toda aventura posible». Una sensación que debe estar más anudada al contexto que al territorio. A lo espiritual que a lo físico.

«Podemos aprovechar para sentirnos en la inmensa libertad de nuestra isla interior»

Podemos vivir algo similar en estos tiempos de confinamiento. En esta pandemia del siglo que nos ha encontrado a todos cautivos y desarmados y obligados a resistir en nuestra isla particular. Y pensar que los días se extinguen como en una prisión por esa libertad perdida, una situación que no viene impuesta ni por la política ni por las ansias de poder. Nos podemos sentir como el Carlos de Carpentier oteando un futuro oscuro desde La Habana mientras nos asomamos a las ventanas y compartimos estragos con los vecinos de los balcones cercanos.

Pero también podemos aprovechar para sentirnos en la inmensa libertad de nuestra riqueza interior. Para abordar el dramático escenario en el que nos encontramos desde un viaje hacia el interior de nuestra propia isla. Y, por supuesto, aprovechar el impulso para comprender que aunque cada uno de nosotros sea un continente aislado de los que nos rodean podemos estar mucho más cerca de los demás sin la necesidad de que la tragedia nos lo recuerde. Ejemplos nos han dado muchos estos días, nos toca recoger la ofrenda, cerrar los puños y labrar con nuestras manos una sociedad mejor que la que dejamos antes del encierro.