OPINIÓN

La foto de doña Engracia

Doña Engracia vive en Arinaga. En una de las calles próximas que desembocan a la playa. Una de esas casas de una o dos plantas tan propias del sureste donde los domingos se abre la puerta del garaje para congregar a la familia con la excusa de una paella y allí suegros, cuñados y primos variopintos intentan arreglar el mundo a su manera. El resto de la semana doña Engracia, ya viuda, habita sola. Allá a media tarde las vecinas se acercan a tomar el buche de café y comentan entre ellas los últimos chismes del vecindario así como sus cosas y confidencias mientras echan una partida de cartas. Es una vida tranquila, apacible, sin sobresaltos; tan solo la radio asoma para conectar con el exterior.

«Aparece el muchacho rígido, recogiendo la solemnidad del momento que reclama la patria; pero con una liviana sonrisa en la que reluce su inocencia ante la vida. Posa sin saber si está empezando a realizar un campamento de verano o por fin un sueño que otros mayores antes le contaron».

Pero doña Engracia tiene un secreto. Una compañía discreta que le facilita la alegría de la vida. A un lado del salón está el retrato de su hijo. Una fotografía en color de cuando prestó el servicio militar allá por los años ochenta en Gando. Aparece el muchacho rígido, recogiendo la solemnidad del momento que reclama la patria; pero con una liviana sonrisa en la que reluce su inocencia ante la vida. Posa sin saber si está empezando a realizar un campamento de verano o por fin un sueño que otros mayores antes le contaron. El chico hace mucho que marchó de casa. Se casó, tuvo hijos y se fue a un municipio del norte de la Isla. El fin de semana va a ver a la madre. Y en el día a día la llama durante la mañana cuando aparca el furgón de reparto y hablan unos minutos. Y, sin embargo, para ella su hijo sigue siendo más bien el de la fotografía. Y recuerda cómo se daba un salto el domingo a la base aérea para verlo mientras él hacía guardia en el puesto de la entrada. Como si estuviera aún conectada a una especie de melancolía de un tiempo en el que las emociones, de añoranza e inquietud, le marcó debidamente.

Como a todos, doña Engracia también escoge su pasado. O, mejor dicho, lo va puliendo quedándose con lo mejor y siendo conocedora de que los zarandeos del destino modulan nuestro itinerario. Doña Engracia es feliz; o acaso algo similar a aquello que eso signifique. Y aunque sabe que los años que le quedan son los que son, su vida en la casa, sus encuentros con las vecinas y la calma de la mañana, le saben a gloria. Tiene como eco de fondo la playa de Arinaga. Y en su casa aquella foto, de aquel soldadito que fue su hijo, lo explica todo. Con eso le basta.