Horizontes azules que nos llevan a nuestra playa

Patricia Vidanes Sánchez
PATRICIA VIDANES SÁNCHEZ

Después de más de un mes de confinamiento las rutinas forman parte de mi vida diaria. Ya no hay nada raro en no ir a trabajar físicamente a la redacción en El Sebadal. Bien temprano, después del «Buenos días compañeros» con el que cada día abro el chat de whatsapp de mi sección, viene el «Buenos días» de Gaumet. Según Jesús, los que tenemos niños somos los más madrugadores. Puede ser. Cada uno lo hace por una razón. Mientras mis hijas aún duermen y reina el silencio en la casa, saboreo un café en el que ya no está Odra; aún así, ella en Las Canteras, yo en Arucas, nos hemos llegado a tomar alguna taza de forma virtual, foto de por medio, con las pantallas de los ordenadores ya a pleno funcionamiento.

Aún estando confinada con la mejor de las compañías posibles, mis dos hijas, ese momento mañanero de soledad no tiene precio. Tras recibir el mejor de los saludos virtuales, el que no falta nunca ni se olvida de preguntar cómo he dormido, me da tiempo de leer la prensa; de repasar lo escrito ayer y planificar la jornada laboral de hoy; de hablar por whatsapp con las amigas; de salir a la terraza desayuno en mano y contemplar los hermosos días, los azules cielos, que a modo de revancha se está encargando la antojadiza climatología de ofrecernos. «Hay día de playa», comunico entonces a María y a Nacho, mis hermanos, profesora y enfermero, profesiones, vocacionales las dos, en estos tiempos tan queridas y odiadas, según sectores. Y entonces, en ese grupo fraternal, empiezan a entrar fotos de horizontes azules; me llegan de La Minilla, de Guanarteme. Los tres soñamos con eso, con vernos al aire libre, en la playa de Las Canteras, en nuestra Cícer, por la primera escalerilla. Allí, haga bueno o malo, nos vamos a bañar desde que se pueda. Y nos acompañarán los niños de la familia: mis hijas, que nunca me han preguntado cuándo se termina esta situación; Enea, que todos los días le pide a Natalia «salir un ratito mami, solo un ratito»; y Darío, que día sí día también coge los zapatos de la puerta a ver si por fin María o Roberto se deciden y le conceden la libertad. Con tres años y 19 meses, resulta difícil entender. Así que hay que conformarse con las videollamadas. A estas alturas del artículo, ya lo ha hecho el pequeño Darío. Ni un día ha dejado de llamar a su Titi, a sus primas, las quiere ver para, a su modo, saber que su mundo no ha desaparecido. Como tampoco lo ha hecho su abuela, mayor, confinada en soledad, parte del grupo más vulnerable frente al Covid-19. Varias llamadas al día sirven para que mi madre me explique qué ha dicho el comité técnico, me informe de cuántos contagiados y muertos llevamos, califique el tipo de oposición que tiene este país en tiempos que deberían ser de unidad sin fisuras, me adelante incluso a quién piensa votar en unos futuros comicios o me desarrolle una serie de teorías sobre por qué en Canarias la incidencia del coronavirus es menor. Y yo la dejo hablar, unos días con más paciencia que otros, hasta que vuelvo al teclado para contar lo que pasa en mis pueblos del Norte, mi radio de acción. Hasta que levanto la vista y sueño con el día en que por fin me sumerja en mi agua salada.