Por si le interesa

Hay que repensar la romería del Pino

12/09/2018

Gaumet Florido

Cada vez se me hace más cuesta arriba, y eso que yo soy de los que apuesta por conservar tradiciones tan arraigadas como la de la romería a la Virgen del Pino. Pero todo tiene un límite. Este año pude vivirlo de cerca y durante las primeras carretas me sentí enchufado al espectáculo, pero no tardé en desconectar. Cinco horas de un desfile, a menudo desganado, de autoridades y representaciones un tanto artificiales de canariedad y folclorismo ya se me atragantan. Creo que responde a un modelo encorsetado y superado que pudo tener todo el sentido en aquella España de los años 50, cuando la ideó el genial Néstor Álamo, pero que ahora, y con esto no quiero ofender, huele un poco a naftalina, a una Canarias un tanto cañí.

Es verdad que cohesiona, pero le falta alma y le sobra protocolo. Cada vez viene menos gente.

No tiene sentido que la gente, que ha de ser siempre la protagonista de una fiesta, sea atrincherada detrás de una valla. Ni que cada carreta, y por tanto, la representación de cada municipio, la encabece una cohorte de concejales y cargos de confianza que avancen calle abajo cual primera línea de frente en una batalla de egos y de fotos. Es más, estoy convencido de que ni siquiera los políticos, al menos no todos, se encuentran cómodos en este formato, por más que les pirren los flashes y las cámaras. Los grupos tocan y bailan, pero tengo la sensación de que nadie les pone asunto. No se escuchan ni los aplausos. Como si aquello caminase porque sí, por compromiso, porque hay que cumplir. Echo en falta sentimiento, parrandeo, espontaneidad.

Solo las ganas de los críos de las décimas rompían la monotonía de la tarde, a veces aderezada también por la socarronería de los presentadores, que se esforzaban en llamar la atención de cuanto acontecía en la plaza. Es verdad que la romería del Pino cohesiona y que es una excusa para poner en un gigantesco escaparate algunas de nuestras señas de identidad cultural, gastronómica, etnográfica o musical, pero le falta alma y le sobra protocolo. Cada vez viene menos gente. Y para colmo, una iglesia demasiado preocupada este año por la seguridad quiso también encorsetar los caminos de fe de la gente hacia su virgen en el interior del templo. Lo intentó el viernes y hubo atasco. Captó la idea y el sábado desistió. A ver si el Cabildo también se da cuenta.