Bardinia

HAL, el tetrabrik y Nabucodonosor

08/01/2019

Hoy me permito acudir a las fábulas de La Biblia, que suelen ser narraciones de explicación o advertencia a la sociedad a la que iban dirigidas, y que sirven como espejos de lo que sucede en cualquier tiempo y en cualquier lugar. Y viene a cuento “El libro de Daniel”, en el que se relata cómo el profeta del mismo nombre, cautivo en Babilonia como miles de hebreos, interpretó un sueño del rey babilonio Nabucodonosor, en el que tuvo la visión de una estatua cuya cabeza era de oro, el pecho y los brazos de plata, el vientre y la espalda de bronce, las piernas de hierro y los pies parte de hierro y parte de arcilla. De pronto una gran piedra vino a dar contra los pies de la estatua y todo se hizo pedazos, y la piedra causante del destrozo se convirtió en una gran montaña. Este relato sirvió a Daniel para advertir al monarca de que la solidez de una sociedad comienza por su base, y es de ahí de donde viene la expresión y la imagen del ídolo con pies de barro.

Hace unos días, me encontré con un conocido de hace años, un hombre formado, inteligente y bien relacionado en nuestra sociedad, con capacidades demostradas y que tenía el respeto social merecido. Estaba en un banco de la calle, desaseado, esquelético, vestido con una ropa que brillaba de suciedad, con un cartón de vino blanco de un euro entre las manos y una mirada tan triste que solo tenía una leve sonrisa amarga para el resto del vino que le quedaba en el tetrabrik. ¿Qué ha tenido que pasar para que una persona llegue a esa situación? La soledad se le notaba a distancia, y cuando quise indagar sobre la tremenda trayectoria que había llevado su vida, rebuscó una sonrisa incapaz de borrar la tristeza de sus ojos y solo me dijo: “ya sabes que un rey babilonio soñó con una estatua con los pies de barro”. Se levantó a duras penas y se marchó tambaleándose.

«Nuestra sociedad occidental de oropeles y megapíxeles se parece mucho al sueño premonitorio de Nabucodonosor»

Nuestra sociedad occidental de oropeles y megapíxeles se parece mucho al sueño premonitorio de Nabucodonosor, porque estamos deslumbrados por las centelleante luces de lo virtual, la vida se ha convertido en una sucesión de visiones a través de pantallas de todo tamaño y procedencia, y se ha establecido un sistema tan perverso que transforma esas maravillas de la tecnología en armas destructivas que no lo parecen. Cuando creemos que tenemos el mundo al alcance de un click, resulta que es al revés, porque en realidad de lo que se trata es de que hagamos lo que se nos dice, siempre en beneficio de unos poderes tan abstractos que ya ni siquiera son controlables por quienes los crearon, como el ordenador HAL de la película “2001, una Odisea del Espacio”, que ya pensaba por su cuenta y tomaba decisiones que solo a él convenían. Y así es nuestro mundo, una máquina abstracta que nadie controla, aunque es verdad que, de momento, sirve a unos intereses concretos.

«La maquinaria trata de convertirlo todo en dinero, que ya ni siquiera es de plata, de níquel o de papel»

La solidaridad de las tribus primitivas ya no existe. La maquinaria trata de convertirlo todo en dinero, que ya ni siquiera es de plata, de níquel o de papel, sino números en un ordenador muy lejano. Se sacrifica casi todo a favor de algo que es una abstracción en Wall Street, donde dicen que el dinero nunca duerme pero es casi imposible encontrar una moneda física. Tal vez ese dinero que es una entelequia numérica sea esa estatua con cabeza de oro, torso de plata y bronce, piernas de hierro y pies de barro. Dicen que nada tiene más miedo que el dinero, y para conjurarlo maniobran para inocularlo a la gente, culpabilizádola de todo lo que ocurre y sobre lo que no tiene control. Viendo a este hombre alejarse hacia ninguna parte con su soledad a cuestas, me pareció estar viviendo una escena de una película postapocalítica, una especie de versión oxidada de “Blade Runner” en la que todos vamos convirtiéndonos en replicantes sin memoria humana.

Queda la esperanza de que los seres humanos nuevamente impongan lo que les es propio, su humanidad. Y por suerte quedan señales que nos indican que el camino de la modernidad más futurista tiene que mirarse en ese ancestro solidario que nos viene desde el origen de la vida. ¿Hemos pensado alguna vez la complicada maravilla que es una manzana, el esfuerzo biológico que se necesita para que la tierra produzca legumbres o el milagro que es algo tan habitual como el agua? Nos ciegan los focos de la tecnología y no valoramos lo que La Naturaleza nos da para que sigamos viviendo, condenando a muchos a la soledad de un tetrabrik mientras seguido en manos de HAL e ignorando el sueño de Nabucodonosor.