Desde mi sofá.

Fútbol es fútbol

Pocas veces se ha definido mejor la pasión por un equipo de fútbol como en una secuencia de la película El secreto de sus ojos (2009), del argentino Juan José Campanella. Uno de los personajes venía a decir que a lo largo de la vida una persona puede cambiar de pareja, de sexo, de ciudad y de cualquier cosa, menos de la pasión que despierta en lo más profundo de su ser el equipo de fútbol al que sigue desde que es un niño.

Los futboleros sabemos de qué habla este tipo en la película protagonizada por Ricardo Darín. En ocasiones, la pertenencia a unos colores se debe a una herencia familiar, al lugar en el que se nace o al machaqueo constante de los amigos de la infancia y los medios de comunicación.

De ahí a que ese equipo de fútbol pase a ser una parte esencial de nuestras vidas, va un trecho muy largo. Un camino tan irracional como habitual, que en muchos casos se convierte en una realidad, en un suspiro, y con total natural. Nada tiene de malo, siempre y cuando la pasión no conlleve violencia. Entonces se convierte en un problema. Lo mismo si esa pasión es capaz de cegarnos y consigue sepultar la razón más allá de lo que sucede sobre el rectángulo de juego.

Últimamente, algunas estrellas futbolísticas no son noticia por sus habilidades con el balón. Lo son por cuestiones tributarias. Ahora, que aún está en marcha la campaña de la renta por la que casi todos los demás mortales pasamos religiosamente, la pasión por los colores debe quedar apartada. Tanto por parte de los aficionados como por las autoridades españolas, aunque todos sepamos que en este país antes vemos entre rejas a un presidente del gobierno que a un futbolista evasor. Es una desgracia, pero ya lo dijo Boskov en su momento: «fútbol es fútbol». Aunque él se refería a otra cosa.