Tabúes con víscera

Yo también tengo un máster en la Rey Juan Carlos

19/09/2018

Sin ánimo de sentirme estigmatizado o vilipendiado por un clima de sorna ya hasta divertido, debo reconocer lo siguiente: Yo también tengo un máster en la Universidad Rey Juan Carlos. Espero que no me marquen con letras escarlatas por ello. La verdad es que no tengo rancio abolengo ni familia relevante con pedigrí. Simplemente, era la ilusión de ir más allá en la carrera universitaria. En este caso, dicha maestría contaba con la vitola del Diario As, Real Madrid TV y una cadena de nuevo cuño que en esos momentos empezaba a rodar: La Sexta TV.

Obviamente, la inversión era enorme. La mitad del máster lo sufragué con unos ahorrillos que tenía -había trabajado en este periódico en una etapa anterior- y la otra parte lo cubrí echando horas de camarero en un bowling de Alcorcón, al mismo tiempo que promocionaba algún que otro producto de telemarketing en gasolineras. Posteriormente, me surgió la llamada de una vieja empresa que conocía: la revista Gigantes del Basket, con la que pude decir adiós a las bolos -no los de Paquirrín- para destinar los fines de semana a desentumecer la pluma en crónicas de baloncesto, mientras entre semana ‘paseaba’ los libros por el campus de Fuenlabrada.

Como estaba de ‘alquilado precario’ en un modesto pisete del centro de Getafe, las mañanas se tornaban más que «divertidas». Desde la línea 12 hasta Atocha para después, al mediodía, tomar Cercanías y metro hasta el sur-sur de la ciudad. El servicio de transporte siempre ha sido bueno, pero la congestión en toda la red también era faraónico a ciertas horas. Llegaba a pasarme hasta dos horas de pie en ciertas jornadas de estación en estación. Para más inri, una beca me surgió, tal vez por algún mérito académico, en la Fundación Real Madrid. La verdad es que no tengo ADN vikingo, pero fue una experiencia maravillosa. Aún así, al ‘rally’ diario por el subterráneo de Madrid hubo que añadirle una media hora más de promedio cuando por fin conseguí otro piso más asequible de precio.

Ya cuando las telarañas se habían convertido en el estado natural de mis bolsillos, los profesores del máster me dieron la oportunidad de trabajar un año en La Sexta, coincidiendo con el Mundial 2006. Es cierto que quemé ordenadores con escaletas, minutados de partidos y trabajos de producción, pero fue una experiencia inolvidable. Ahora, 12 años después, gracias al ‘dopaje’ académico de miles de políticos -algo que, por otra parte, mucha gente sabía o intuía-, parece que los títulos de postgrado apenas sirven como ‘solución final’ para el inodoro de nuestras casas. Una pena, aunque es curioso que, en este noble ejercicio de convertir los másters en arma arrojadiza de la clase política, han pasado de puntillas temas quizás más relevantes como la trama del Canal de Isabel II, la exhumación de Franco o la reforma del Estatuto de Canarias. Alguna clase me perdí en el máster...