Por si le interesa

¿Y quién integra al viejito?

02/10/2019

Gaumet Florido

Seguro que más de una vez se habrá encontrado a algún viejito frente a un cajero automático, incapaz de descifrar el jeroglífico de operaciones al que le condenan los bancos, que cada vez cobran más pero dan menos, para que pague sus recibos de la luz o del agua. O habrá tenido que echar un cable a alguna mujer mayor que no da pie con bola con la maquinita que en el hospital le registra como que ha llegado y le confirma la hora a la que ya la habían citado para el especialista. Después la tienen absorta, con la mirada fija en la pantalla de la sala, para ver si no se despista y llega a tiempo a darse cuenta de que el código ese raro, como de matrícula de coche, que le han asignado, es el de ella y entonces sabe que podrá pasar a la consulta.

En la sociedad que más ha hecho por integrar al diferente, las personas mayores son las grandes olvidadas

Nadie, o casi nadie piensa en ellos. En la sociedad de la historia que más ha hecho y está haciendo por integrar y hacer más accesible el paisaje urbano y los servicios a los colectivos de personas con capacidades diferentes, las personas mayores son las grandes olvidadas. Ni siquiera la tecnología, aunque parezca un contrasentido, hace por facilitarles la vida. Es como si el mundo avanzase y no esperase por ellos. Tampoco tienen quien haga por visibilizarlos.

No están en el relato de la actualidad. Y si lo están es porque dan rédito mediático por morbo, porque mueren solos y los vecinos se dan cuenta cuando huelen mal, o porque les pilló un coche, o porque, aprovechándose de esa ingenuidad infantil que a veces regresa con la edad, algún malnacido les engaña. Pero de resto, nada. Baste si no el ejemplo de los pensionistas vascos que han tenido que tirarse a la calle, ellos mismos, a sus años, para que alguien tenga en cuenta una reivindicación, la de las pensiones, que en realidad nos debe robar el sueño a todos. Pues han sido ellos los que han tenido que buscarse la vida.

Hay bajas por paternidad y por maternidad. Así debe ser. Hay que favorecer la natalidad y propiciar la conciliación de la vida laboral y familiar. Pero ¿solo para los hijos?, ¿ y qué pasa cuando el viejito o la viejita enferma y se hace dependiente?, ¿el sistema favorece como debe que reciba los cuidados y el cariño que necesitan?, ¿o los condena a que las familias, imposibilitadas por su ritmo laboral, los metan en residencias donde, para colmo, no siempre hay gente buena? Les debemos mucho. Merecen otro trato.