Opinión

¿Vivimos el verdadero fin de la historia?

Los cambios sociales e históricos se han producido siempre despacio. Es verdad que a veces hay cambios que ocurren de golpe, pero es así por acumulación de hechos que rompen el dique, y lo que no ha sucedido en años pasa en horas. Hay ejemplos lejanos como la Revolución Francesa o más cercanos como la caída del Muro de Berlín. Otra cosa es que se produzca una especie de revolución de la forma de vida sin que parezca que está sucediendo, y empiezas a darte cuenta cuando ya nada es igual a tan solo hace unos pocos años. Ese es el escenario actual de este planeta, especialmente en nuestro ámbito sociocultural y económico.

Hace veinte años se anunciaba una revolución tecnológica, que ya había empezado cuando la electrónica, siguiente paso a la mecánica, había quedado anclada en la década de 1970 y fue adelantada por la informática en los ochenta. Teníamos Internet pero resultaba muy difícil avanzar por la lentitud de los soportes. Cuando actualizaron la electrónica, las comunicaciones se dispararon. Al final del milenio se decía que venía un nuevo sistema de vida, pero entonces solo se hablaba de la gran revolución que era posible pero no la percibíamos porque seguíamos viviendo igual.

Poco a poco, casi todo fue incorporándose al nuevo orden, y lo que también era político y económico se hizo presente gracias a las nuevas tecnologías, y como quien sube una escalera hemos llegado a este nuevo mundo en el que, por ejemplo, los adolescentes son incapaces de comprender cómo era posible vivir sin móvil. Ya casi todo puede hacerse a través de Internet, y muchos ancianos no entienden un mundo en el que los llamados milenials son los que nadan como peces en el agua, aunque son los más perjudicados porque tanta tecnología ha influido en el mercado del trabajo.

«Cuando actualizaron la electrónica, las comunicaciones se dispararon».

Creo que en España hemos sido más conscientes de este gran cambio en estos últimos meses. No se ha producido de un día para otro, viene fraguándose paso a paso desde hace más de dos décadas, pero la crisis institucional nos ha puesto de golpe frente a un mundo que ahora sí es real. Existen estrategias políticas basadas en la informática, y ya se habla hasta de investiduras telemáticas, independientemente de la cobertura jurídica que puedan tener, que todo se andará, solo es cuestión de tiempo. Esto hace unos años parecía tan futurista como la teletransportación en la serie Star Trek. Ya esto no es cosa de operarios especializados o de empresas ultramodernas, es el modo de vida habitual de la mayor parte de la gente, y quien se niegue a entrar en esas dinámicas se quedará fuera del mundo porque sencillamente no hay otro. Y esto no ha hecho más que empezar.

Estos cambios tan profundos no solo están generando nuevas maneras en los libros, la música, el cine, la medicina, el comercio o la enseñanza, también influyen en la construcción del pensamiento. Los mencionados milenials ven de otro modo el trabajo, la política y hasta las relaciones humanas. Y no hay vuelta atrás. Asistimos a uno de los cambios más profundos experimentados por la humanidad desde que esta existe como tal. Dada su rapidez, algunas generaciones hemos asistido a todo el proceso, algo impensable en épocas pasadas, en las que los cambios duraban siglos o incluso milenios. Si en los años 90 del siglo pasado no se produjo el fin de la historia anunciado por Francis Fukuyama tras la caída del Muro de Berlín, es posible que la revolución tecnológica tenga más peso para su profecía que la caída de la Unión Soviética. Queramos o no, estamos estrenando una nueva era, y la gran alerta es que habrá que hacer un gran esfuerzo para que no acabemos todos robotizados.