La visita de Albares

Se fue moviendo con sigilo para recuperar los puentes dinamitados con Rabat.

Francisco Suárez Álamo
FRANCISCO SUÁREZ ÁLAMO

El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, visita hoy Canarias, con una agenda intensa y con la misión de explicar el giro de España en relación al contencioso del Sáhara Occidental. Se suponía que iba a venir Pedro Sánchez, pero se ve que el hombre está liado arreglando el mundo, salvando al planeta, y le cuesta coger el avión para dar detalles en la región que probablemente es la más sensible de España a este asunto. Cuestión de prioridades, seguramente...

Albares ha demostrado hasta la fecha que es un perfecto diplomático. Para lo bueno y para lo malo, o quizás para lo que se supone el cargo. De manera que no esperemos grandes titulares, declaraciones contundentes o afirmaciones que puedan generar polémica. Albares no es, desde luego, José Manuel García-Margallo, que literalmente moría por la boca y que cuando era ministro ejercía de lo mismo que ahora: tertuliano sabelotodo.

De manera que, como buen diplomático, Albares vale más por lo que calla que por lo que sabe. Cuando se le nombró, todo el mundo puso en valor sus contactos, en especial con el mundo francés y con Estados Unidos, lo que teóricamente era un activo a su favor para recuperar las relaciones con Marruecos. Cabe recordar que llegó al puesto tras la caída en desgracia de la entonces ministra González Laya, que fue el chivo expiatorio de la desastrosa gestión de traer de tapadillo a un hospital de Logroño al líder del Frente Polisario, nada menos que el enemigo número uno de Rabat.

Desde la salida forzosa de González Laya del Gobierno, Albares se fue moviendo con sigilo para recuperar los puentes dinamitados con Rabat. Entenderse con el vecino del sur es lo lógico, y no solo por los intereses comunes en materia económica, sino porque Marruecos juega un papel clave de contención del yihadismo en esa tierra de nadie que es el Sahel -a tiro de piedra de Canarias, por cierto-. Además, Rabat ha reforzado relaciones con Washington, ha recuperado protagonismo en toda África y tiene en Israel un aliado potente. Con todos esos ingredientes sobre la mesa, España arriesgaba mucho si continuaba el desencuentro con Marruecos. Pero de ahí a cambiar de posición en el asunto saharaui va un salto digno de triple mortal con tirabuzón. Quizás lo más criticable del Gobierno de Pedro Sánchez no haya sido darlo sino su empeño en no explicarlo. Razón de más para preguntarse si ese silencio tiene que ver con los teléfonos espiados...

¿Lo aclarará Albares en su visita? Pues no.