Vista del estado en el que quedó el garaje de la vivienda de la mujer de Vecindario víctima de violencia de género. / Juan Carlos Alonso

Víctimas desprotegidas

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Las Palmas de Gran Canaria

La arquitectura de protecciones de las que nos ha dotado nuestro Estado del Bienestar nos invitaría a sentirnos privilegiados. Máxime si nos comparamos con las exiguas o inexistentes coberturas sociales, sanitarias o educativas que hay en otros países del mundo. Y en verdad, con todos los defectos que arrastra España, esa sensación de privilegio, en principio, estaría justificada. El problema es que el papel lo aguanta todo y que al final son más los derechos teóricos que los reales.

Veamos, sin ir más lejos, el caso de la mujer de Vecindario a la que su ex estuvo a punto de matar abrasada en su propia casa y que, 4 meses después, aún no ha podido regresar a su vivienda porque las ayudas a las que se supone que tiene derecho no han llegado.

Su casi muerte llenó titulares en medios de toda España. Su exmarido se quemó a lo bonzo en el garaje e intentó, hay que decir siempre que supuestamente, que el incendio también se la llevara a ella por delante. No lo logró. Solo se mató él, pero le dejó un miedo de por vida y la echó de su propia casa.

Apagados los focos, esta mujer recoge los añicos de su existencia con una angustiosa sensación de desprotección. Ni la ley ni las fuerzas de seguridad lograron hacer que se respetaran las dos órdenes de alejamiento que pesaban contra su ex. Cuando quiso se le acercó tanto como para intentar matarla y su único aliado entonces fue el azar.

Ahora, pasado el susto, cuando pensaba que ya pasó todo, le ahoga la sensación de sentirse atrapada en el bucle en el que le dejó su agresor. El mismo sistema que le reconoce derechos le obliga a recordar su dolor y a gritarlo a los cuatro vientos para revictimizarse y reclamar lo que le corresponde. Se siente desprotegida, antes y después.