Opinión

¡Vete p’al carajo, Montesquieu!

02/08/2018

Solo falta la fanfarria de la caravana anunciadora de un gran circo en el que hay de todo, desde la mujer barbuda y el hombre-bala hasta los lanzadores de cuchillos y, por supuesto, los payasos. Si el siglo XXI ha entrado a plenitud en Europa con problemas diversos, sobrevenidos todos a causa del empeño en conservar la soberanía en su acepción más nacionalista, en España ya no sabemos ni a qué jugamos; de todo esto sacan beneficio los pescadores en río revuelto, y se combinan situaciones muy contradictorias, pues unas proceden de la vocación totalitaria intrínseca al poder, que quiere tenerlo todo perfectamente atado hasta el abuso, y por el contrario por el deseo de ese mismo poder de atraer votantes que lo legitimen y haciendo por ello dejación de funciones reguladoras que son democráticas, pero que hay quien se encarga de que parezcan autoritarias. Es decir, aquí no hay quien se aclare.

Y en esa caravana, el pregonero nos grita a golpe de tambor que habitamos una sociedad en la que hay mucho de todo, y que aceptamos como normalidad cosas que en sí mismas siempre se han considerado antitéticas. Al final de un gran redoble, se podría escuchar una convocatoria como esta: “¡Damas y caballeros, pasen y vean espectáculos simultáneos en diversas pistas, tres, cuatro o las que hagan falta; podrán ver lo nunca visto, la abundancia y el derroche de lo que antes era único, dos pontífices en el Vaticano, dos reyes y dos reinas en La Zarzuela, dos presidentes de la Generalitat, dos sedes presidenciales, una en Barcelona y otra en Waterloo que, para mayor colorido, es llamada el Círculo de Berlín. Antes, la bestia negra era el ejército, que ponía contra la pared las estructuras del Estado; eso no era bueno y no pasa, pero es que ahora se arrogan esa capacidad banqueros mosqueados, controladores aéreos descontentos, estibadores desatados o taxistas enfurecidos”. Los poderes representativos echan horas, días y semanas en ver quien tira la piedra más lejos para controlar una radiotelevisión pública que influye cada vez menos, mientras los medios privados hacen de su capa un sayo y crean y destruyen ideas, personas y sistemas. La policefalia que se visualiza lleva a la sociedad a pensar que se puede conseguir cualquier cosa siempre que salga en televisión o corra por las redes sociales.

«Antes, la bestia negra era el ejército, que ponía contra la pared las estructuras del Estado»

Y en la pista central, el mayor espectáculo del mundo: los tres poderes que enunció el Barón de Montesquieu en 1748, cuya idea básica inspiró todos los cambios conceptuales que quedaron reflejados en los textos que rompían con el Antiguo Régimen y es invocada continuamente, parece que están intercambiando cometidos; el poder legislativo se pierde en una nebulosa de instituciones en cascada donde se mezclan leyes orgánicas con decretos gubernamentales y autonómicos y ordenanzas municipales, creando un laberinto burocrático de competencias entrecruzadas que aplaza, difumina y paraliza; el poder ejecutivo se embarulla con lo judicial a través de la Fiscalía General del Estado y con lo legislativo por medio del socorrido real-decreto o usando su facultad de veto para tramitar determinadas leyes; y el judicial parece que hace política, a favor o en contra del ejecutivo, y la imagen que se da, responda o no a hechos ciertos, es que existe un pulso para ver quién manda. Así que, después de una gran fanfarria, digna de una banda sonora de John Williams, el pregonero de la caravana anunciadora del circo podría terminar su proclama gritando: “¡Vete p’al carajo, Montesquieu!” (el pregonero habla así porque es del Risco de San Nicolás).

Canarias, por el contrario, es un armónico paraíso en el que todo es perfecto. Haya calma, solo esperamos hasta tres años para una cita quirúrgica en la Santidad Pública; no perdamos la pachorra porque Canarias esté en la cola del gasto social, repunten los desahucios, las serpientes acaben con los lagartos autóctonos o tengamos un gran deterioro mediombiental en costas, barrancos y paisajes; no son buenos los resultados del informe PISA, pero ya está resuelto porque la Consejería ha puesto remedio haciendo que el alumnado participe en ligas cibernéticas que desarrollan la mente para los juegos electrónicos; no hay que alarmarse porque tengamos un grave problema de inmigración irregular al ser fontera sur de la UE y vayamos en el pelotón de cabeza del desempleo, los bajos salarios, la precariedad laboral y de todos los indicadores económicos negativos. Aquí da igual qué resultados arrojen las urnas, el último cuarto de siglo hemos estado “coalisionados” (gran verbo) por un Clavijo que comenzó siendo Hermoso, enarbolando la bandera del nacionalismo canario no rupturista, y sin embargo, se mueve (aquí todo es un sindiós y hasta Galileo suena al revés). Canarias es un remanso de paz, properidad, arrastre de bueyes, conciertos de tendencia urbana que dicen que es música, maratones y jornadas ciclistas. Es maravilloso vivir en un archipiélago en el que “nunca pasa nada”, donde la preocupación suprema es calcular cuántas señorías más me tocan con la reducción de los topes electorales y la ampliación del número de escaños en el Parlamento de Canarias. Y ya está, Montesquieu, es que no te enteras.