OPINIÓN

Una sociedad anestesiada

Ignoro qué médico dispensa la receta, cuál es la fórmula del medicamento y la forma en que se administra, pero lo cierto es que nuestra sociedad está completamente anestesiada. Lo fundamental pasa desapercibido, como con sordina. Escuchaba en la radio un repaso de lo que fue el 2017 y se comentaba de pasada que en Portugal los incendios forestales ocasionaron decenas de muertos, y en cinco segundos se hablaba de lo insólito y casi catastrófico que resulta que en Navidad el Barcelona le saque 14 puntos al Real Madrid.

Se discuten nimiedades, se cubren horas y horas de radio y televisión y se inundan las redes sociales porque Fulanito dijo o dejó de decir, siempre asuntos que tienen que ver con lo prescindible. Comienza un invierno helado, y nos hemos olvidado de los refugiados sirios que se hacinan en campos griegos pagados de mala manera por la supuestamente solidaria Europa, y las pateras que llegan al Sur de España o a Canarias ocupan apenas una esquinita entre pomposos anuncios de perfumes, coches o vacaciones en lugares paradisiacos. Empiezan a no existir las propias naciones que hace unos años estaban en el mapa, y me pregunto qué demonios bombardean en Irak, Afganistán, Yemen o Kurdistán, si a estas alturas solo debe haber escombros, frío, hambre y muerte.

Es época de regalos y muchos de nosotros recibiremos o daremos un aparato tecnológico que contiene coltán, cuyo mineral originario está en un 80% en el territorio de la República Centroafricana (antes Zaire). Este país no solo es rico en coltán, también tiene petróleo, diamantes, oro y hierro. Tendría que ser un país rico en el que habitaran ciudadanos prósperos, pero se ha convertido en un infierno, toda esa riqueza es como una maldición que solo en el año 2017 ha generado más de millón y medio de refugiados que huyen a los países vecinos dejando atrás lo que ha sido la vida de un pueblo durante generaciones. Cuando le riqueza está en países subdesarrollados es como una losa, porque las grandes compañías multinacionales imponen su ley usando como instrumento la corrupción generalizada. Advertida está Bolivia con sus grandes reservas de litio y su anunciado uso en el futuro para las baterías de los coches eléctricos. Pero todo eso pasa desapercibido, y en nuestras pantallitas movidas por coltán manchado de sangre el gran conflicto que aparece es el reconocimiento de Jerusalem como capital israelí por parte del gobierno norteamericano de Donald Trump. No niego que es un punto muy caliente puesto que Jerusalem en una ciudad considerada sagrada por las tres grandes religiones monoteístas, pero el interés no viene precisamente por los palestinos.

Y por aquí pasa lo mismo. La gente importa cada vez menos, y me entra la risa al ver cómo se analiza cada palabra del mensaje de Nochebuena de Felipe VI, unos para dar un valor supremo a una frase que siempre es un lugar común, otros para criticar un gesto, una palabra o un olvido. Y resulta que son solo palabras sin más valor que el que les dan los comentaristas y los políticos. Se especula, se debate y se marea la perdiz sobre formalidades parlamentarias o sobre alianzas para esto o lo otro, y se reproduce por enésima vez la fábula de los galgos y los podencos, porque finalmente nunca se habla de las necesidades de la gente. No se actúa porque nunca aparece eso que llaman voluntad política. Si nos ponemos en plan culto diríamos que es el gatopardismo que aparece en la novela de Lampedusa, pero en realidad es una cancioncilla de Julio Iglesias porque la vida sigue igual. Y a ver qué ocurre en Canarias, donde el gran problema vital es buscar la manera de evitar que la Televisión Autonómica deje de emitir el 1 de enero. Curiosamente, para asuntos que no tienen que ver con la gente siempre hay voluntad política.