Opinión

Una década de crisis

10/09/2018

El décimo aniversario de la Gran Recesión de 2008 es tan solo un primer borrador de lo que supuso en términos económicos y políticos para el nuevo mundo. Su epicentro testimonial y simbólico con la caída de Lehman Brothers dejó patente que hay empresas y entidades demasiado grandes para caer, aunque en este caso se desoyó la premisa y enseguida se aceleró la depresión macroeconómica que tendría enormes repercusiones políticas. La primera de ellas, de largo, cómo paulatinamente se fue desmoronando los órdenes conocidos (como el bipartidismo en España) y fueron surgiendo formaciones populistas a izquierda y derecha que rechazaron todo lo que era Bruselas, su austeridad o las élites de poder de turno en cada Estado. Sin la Gran Recesión de 2008 no hubiera sido posible entender la llegada de Trump a la Casa Blanca, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea o la irrupción de formaciones como Podemos.

El capitalismo tiene la capacidad de transmutarse con cada crisis, tiene a su disposición el antídoto a cualquier contestación. Y ha sobrevivido desde que laminó el Antiguo Régimen en el Viejo Continente. 2008 no fue la excepción. Y la intención de Nicolas Sarkozy de refundar el capitalismo quedó en nada y él está muerto en términos políticos. Quizá recordar entonces la caída del Muro de Berlín le hubiera aconsejado ser más prudente antes de sentenciar semejante osadía dicha por alguien que, no olvidemos, no es ni socialdemócrata ni de izquierdas.

«El capitalismo tiene la capacidad de transmutarse con cada crisis, tiene a su disposición el antídoto a cualquier contestación»

Devaluación salarial, desempleo, pobreza, desmantelamiento del Estado del Bienestar y proletarización de las clases medias ha sido el desolador panorama del campo de batalla que deja la Gran Recesión de 2008. En pocos cursos arruinó las conquistas sociales de la segunda mitad del siglo XX. Y, sin duda, mucho tuvo que ver a modo de antesala el neoliberalismo propulsado por Ronald Reagan y Margaret Thatcher a ambos lados del Atlántico. Y si los sindicatos mineros perdieron la larga huelga ante Thatcher en la década de los años ochenta, sucedió igual por último en cuanto que las centrales sindicales no solo han sido desbordadas por la magnitud y duración de la crisis sino que además han sido superadas por movimientos sociales que no han creído en las plataformas tradicionales de representación.

La Gran Recesión de 2008 golpeó de lleno al electorado clásico de la izquierda, a esas clases medias urbanas que han sostenido la socialdemocracia en las economías desarrolladas. Y esto aún no se ha recompuesto y queda por esclarecer un tablero político de voto centrífugo donde las ofertas electorales se recrudecen o se tornan más puras olvidando el centro político. Son otras coordenadas para otro mundo. Un horizonte peor que retrata que las tres décadas de oro del Estado del Bienestar fue la excepción.