Las venas abiertas

Todo es silencio

En el fútbol ya no existe la libertad de expresión. Es un hecho; una realidad ordinaria que ha crecido con la voracidad de un dragón durante la última década. Buena culpa de ello la tienen los propios medios de comunicación, que han tolerado horas de entrenamientos insoportables mientras cada vez hay que franquear más fronteras para hablar con los protagonistas de este deporte.

Resulta que para, por poner un ejemplo, preguntar a un diputado del Congreso por el sentido de un voto en los Presupuestos Generales del Estado a un informador político le puede servir un mensaje de whatsapp, pero para hablar con un futbolista no hay forma humana de burlar la burbuja en la que los clubes se han metido.

Todas esas concesiones se iban sucediendo a la vez que se perdía la fortaleza crítica que durante algún tiempo se supone que musculó a la profesión. Se ha ido de la mano de los dirigentes, que han ido aplastando a las voces censoras y se ha creado un coto cerrado y acrítico. Incluso se ha cedido lenguaje, banalizando las formas de la comunicación en la búsqueda de la inmediata aceptación del fanatismo tribunero.

Por eso no sorprende, aunque debería hacerlo, que el pasado domingo se retirara mediante la fuerza y cortes de manga una pancarta que pedía a Miguel Ángel Ramírez, presidente de la Unión Deportiva, que abandonara el club en el que es el máximo exponente de la negligencia que le ha situado como el peor de todos los equipos de Primera División esta temporada. En un día, además, en el que los empleados de sus empresas denunciaron ante el estadio impagos reiterados.

No sorprende esa reprimenda porque se ha perdido la perspectiva de la crítica. Porque el impulso de estos años ha sido el de escuchar siempre lo que se quería escuchar. Sí, bwana.