Jaula y arco iris

Retorna la censura

14/08/2019

En ocasiones parece que estamos en un enorme bucle en el que, cada cierto tiempo, se repiten los mismos hechos. Algunas veces con realidad aumentada. Sucede, así, por ejemplo, con la presencia de la extrema derecha en el Congreso de los Diputados. En los comicios de marzo de 1979 obtuvo una sola plaza, la de Blas Piñar, el líder de Fuerza Nueva, en esa ocasión al frente de la coalición Unión Nacional. Ahora, cuarenta años después, tras los comicios del pasado mes de abril, ha regresado con mucha mayor fortaleza, con una amplia bancada de 24 escaños.

En aquella etapa la democracia daba sus primeros. La Constitución estaba recientemente aprobada y se sucedían alarmantes noticias de ruido de sables en distintos cuarteles, de amenazas y operaciones golpistas frustradas, entre ellas la denominada Operación Galaxia. Hasta que llegó el 23F, el tejerazo, la ocupación del Congreso y el secuestro de los legítimos representantes de la soberanía popular, los tanques intimidando a la ciudadanía en las calles de Valencia, el temor por el posible regreso al pasado más oscuro...

La transición fue un proceso contradictorio, con avances y retrocesos, con violencia y entendimientos, con libertades que se conquistaban y miedos todavía muy presentes en la sociedad. Ni tan ejemplar y bella como la pintan algunos ni tan desastrosa y paralizante como la dibujan otros. Tras la muerte del dictador se sucedieron manifestaciones que pedían la libertad, la amnistía y la instauración de un estado autonómico. Se comenzaron a ver películas prohibidas durante muchas décadas. Escuchábamos a cantantes proscritos. Y, con la progresiva legalización de los partidos, la gente se acercaba a los mítines para escuchar discursos y propuestas que hasta entonces solo podían conocer de forma clandestina.

autoridad. Los primeros conciertos y, asimismo, los primeros mítines políticos a los que intenté asistir terminaron en una gran frustración. Más bien no llegaron a empezar: cuando llegué al lugar de celebración -La Gallera, en Las Palmas de Gran Canaria, y la Plaza de Toros, en Santa Cruz de Tenerife- la autoridad gubernativa de entonces había decidido su suspensión; y para cumplir la censurante decisión había desplegado numerosas unidades policiales en la zona. En otra ocasión fue el paraninfo de la Universidad de La Laguna el previsto lugar de un acto musical que sería finalmente prohibido. Les estoy hablando de los años 77-78 del pasado siglo, tras la muerte del dictador y en los previos de la aprobación de la Constitución en referéndum el 6 de diciembre de 1978.

Han pasado más de cuarenta años y ahora vuelven a soplar los vientos de la censura a artistas, que no son otra cosa que una rotunda muestra de intolerancia y de autoritarismo, decidiendo en un despacho lo que la gente puede escuchar o merece ver en función de los patrones ideológicos del Gobierno de turno, municipal o autonómico.

Ha ocurrido recientemente en Madrid con el cantautor Luis Pastor -que, por su dilatada trayectoria, seguro que ya lo sufrió en la dictadura- y su hijo Pedro, silenciados por la nueva corporación municipal de la capital del Reino que lidera el PP gracias a la inestimable colaboración de Ciudadanos y de Vox. Pedro Pastor ha señalado al respecto que «no hay excusas ni derecho para prohibir o censurar un concierto porque no te agrade políticamente lo que ese concierto ofrece, ¿o es que no estamos en democracia?»

Ha sucedido estos días en Bilbao con C. Tangana, en mi opinión un grave error -como probablemente fue un error su contratación por una administración pública- por mucho que algunas de sus letras puedan resultar execrables. Un asunto que ha dividido a Unidas Podemos con posiciones muy distintas de su organización en el ayuntamiento de la capital vizcaína y las de su líder, Pablo Iglesias, que rechazó en Twitter la suspensión del concierto: «No me gusta C. Tangana, pero me parece vergonzoso que le prohíban actuar. El trabajo de los artistas, como la política, debe ser objeto de crítica, de sátira, de burla o de beef, nunca de censura».

O más cerquita, en Lanzarote, con la retirada de una pintura del aeropuerto César Manrique, un desnudo masculino del que es autora Carmen García Valencia, denunciado por obsceno. La obra forma parte de una exposición de alumnos y alumnas de la Escuela de Arte Pancho Lasso. Y, tras días de polémica, fue finalmente repuesta.

Resulta asombroso que esas circunstancias puedan producirse en la España del Siglo XXI. Que la programación cultural llegue a ser modificada por las antipatías partidistas hacia un artista y el rechazo a su manera de ver el mundo de quien debe considerar a las instituciones su particular finca. Que incluso en un tuit, luego borrado, integrantes del PP aseguren que su intención es no contratar a ningún artista o grupo cercano a Unidas Podemos: «Ni contratos a grupos afines a Podemos ni a condenados por humillar a las víctimas del terrorismo. Las fiestas de Madrid van a volver a ser libres de odio y a estar a la altura de todos los madrileños».

No sé si, a partir de ahora, les pedirán a los artistas o a sus representantes un certificado de su tendencia de voto o de sus posicionamientos políticos a la hora de firmar las actuaciones.

mentiras de destrucción. En la Comunidad Canaria, creo recordar, sufrimos una situación similar cuando el ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, gobernado entonces por el PP, vetó alguna obra teatral por el posicionamiento de sus actores en contra de la guerra de Irak. Esa terrible guerra, cuyas consecuencias todavía se arrastran, en la que el líder conservador, José María Aznar, nos había metido, pese a la mayoritaria oposición de la ciudadanía, expresada masivamente en la calle y confirmada por los sondeos de opinión, y basándose Aznar en las falsedades argumentales de las armas de destrucción masiva que poseía el régimen iraquí que comandaba Saddam Hussein.

En fin, la censura no puede ser reivindicada ni justificada. Por mucho que haya expresiones artísticas, como las letras de algunas canciones, que podemos considerar inadecuadas, vejatorias o que incitan al desprecio a personas y colectivos. Ninguna buena causa gana censurando a otra, por perversa que sea esta. El camino es más largo, lento y tortuoso. De educación y concienciación en el respeto y, al tiempo, de rechazo colectivo a los que potencian la violencia y el odio a las mujeres, a los homosexuales, a los inmigrantes pobres o a las víctimas del terrorismo. Para que, más temprano que tarde, terminen cantando solos frente a su espejo.