La arista

Eutanasia, un paso adelante

16/02/2020

Como todos los debates ideológicos, el de la eutanasia adquiere tintes demagógicos que no deben empañar el verdadero sentido de esta iniciativa legal que por fin verá la luz en España. Resignarse por voluntad de Dios a la enfermedad incapacitante e incurable y ofrecerla como sacrificio de vida es una postura religiosa y no deja de ser uno de los restos morales del catolicismo en la vida civil española. La idea de que la vida y la muerte no te pertenecen, se producen a voluntad de Dios, encaja poco en una sociedad que ha dejado de creer y que evita el sufrimiento.

La idea judeocristiana de la vida como valor supremo pervive en nuestra cultura que condena todos los actos contra la vida, y es un valor que hay que preservar, pero desvinculada de la propiedad de la misma y bajo la perspectiva de la libertad y la responsabilidad personal, ubicada exclusivamente en el individuo. Nuestra cultura ha sufrido una secularización importante y un cambio de paradigma de las ideas y valores dominantes nacidas de la dictadura y es necesario responder a los que creen en el valor de la vida, pero también en que pueden, en circunstancias excepcionales, decidir acabar con ella de la forma más civilizada posible y dentro de la legalidad.

La postura de la derecha está muy marcada por la postura ideológica de la Iglesia Católica, que en España logró confundir los planos entre sus creencias y las del Estado, e imponer sus criterios morales sobre la vida y la muerte. Lo que plantea la ley de eutanasia no es una hoja en blanco para quitarse la vida, para el suicidio. La ley prevé la posibilidad de recibir ayuda para morir en casos de enfermedad grave incurable o enfermedad crónica grave e invalidante que cause un sufrimiento intolerable, siempre que medie la petición expresa, reiterada en el tiempo, e informada del paciente. Se trata de un texto para situaciones excepcionales. Ningún individuo podrá tomar una drástica decisión al margen de la legalidad. Se establecen controles médicos, e incluso restricciones poco aceptables, como las comisiones que toman la decisión y que marcarán diferencia de criterio dependiendo de quien mande en las comunidades autónomas.

Con esta ley se garantiza uno de los derechos consagrados por la democracia, la libertad individual, en este caso para decidir en casos en los que no tiene sentido seguir sufriendo. Se trata de la libertad de poner fin a la vida cuando la única expectativa es un padecimiento insoportable que no puede ser aliviado por otros medios, como los cuidados paliativos. El proyecto excluye la posibilidad de practicar la eutanasia a personas que no tengan capacidad para decidir, excepto cuando lo hayan dispuesto previamente en un testamento vital. También reconoce el derecho a la objeción de conciencia por parte del personal sanitario. Como en el aborto, se impone la libertad regulada que permite, también, que los que están en contra no sean obligados a prácticas que chocan con sus creencias.

El anteproyecto de Ley que se tramita ya en el Congreso de los Diputados no nace tampoco del capricho de la izquierda, sino de una amplia demanda social de los afectados que se han hecho presentes en sus dramas y ha calado en la conciencia colectiva. Diferentes y sucesivas encuestas han mostrado que más del 70% de la población apoya regular la eutanasia y resulta muy significativo que ese apoyo supera el 60% entre los católicos. Para pensar.