...y los gatos tocan el piano

Tener derechos

16/02/2020

Cada conquista y avance social es fruto de una lucha. Ante lo dado, un grupo de personas, o una sola, se planta y aduce argumentos sobre la injusticia de una situación. Es esa sensación de injusticia la que inspira la batalla por ese algo que no siendo, alguien ha imaginado como posible. Así debió de ser con los derechos laborales durante la industrialización o con los derechos civiles en la Norteamérica racista. Los libros de historia dan cuenta de ello, como algún día esos mismos libros contarán que las personas fueron obligadas a permanecer en el lugar en el que nacieron.

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos acaba de sentenciar a favor de las llamadas devoluciones «en caliente», dándoles así cobertura legal. Es decir, a cualquier persona que entre de forma ilegal en un país europeo puede ser expulsada de inmediato, sin atender sus necesidades ni sus razones para afrontar muros, cuchillas y soldados. Sin que un o una jurista les explique sus opciones, sin que el personal sanitario las examine.

Explica el desaparecido historiador Tony Judt en su magnífica obra Postguerra. Una historia de Europa desde 1945, que entre Stalin y Hitler desarraigaron, trasplantaron, expulsaron deportaron y dispersaron a unos 30 millones de personas entre los años 1939 y 1943. Buena parte, esclavizados para el sostenimiento de la guerra. Pero otra, y no menor, porque huyeron de la violencia y la sinrazón.

Existe el derecho a vivir en el país en el que uno nace, y también a poder salir de él, pero no hemos asentado el derecho de un ser humano a obtener el refugio en otro país cuando en el suyo su vida corre peligro.

Las columnas de españoles rumbo a Francia y los barcos que salían de los puertos canarios hacia América eran ilegales, pero no ilegítimos. Así lo entendieron quienes les acogieron aunque fuera a regañadientes. El TEDH, en cambio, se aferra a la legalidad literal, un tribunal que debería interpretar la ley en beneficio de los derechos humanos individuales y no de las maquinarias burocráticas y la razón de Estado. El TEDH da pie a que haya seres humanos de primera y de segunda, y la división la marca el nacimiento, algo que nadie puede elegir. Lo que hace este tribunal, despreciando el básico principio Pro homine del derecho, es minusvalorar la vida humana. Lo hace por la vía más despreciable, negando aquello que Hannah Arendt pensó como el derecho más básico: el derecho a tener derechos.