Voces, palabras

Tardenoche de urgencias en el Doctor Negrín

03/08/2019

Se vuelve dura e interminable la tardenoche cuando uno está sentado en la sala de espera de cualquier hospital. A fin de cuentas es un espacio multitudinario a veces dominado por gemidos, lamentos, interminables suspiros y miradas perdidas, como si sus moradores quisieran encontrar en el vacío la voz del médico de guardia que los llama para dar consuelo a sus males. Están tan inmersos en silencios de palabras que los facultativos pregonan dos o tres veces nombre y apellidos, pues la abstracción aísla y ensordece.

Algunos no aceptan la demora: exigen inmediata atención, como si el orden de llegada o la importancia del padecimiento ajeno nada significaran, solo lo suyo es importante («¡Cooooño - mascullaba uno en el Doctor Negrín-, que tengo que estar a las siete en el Sur!»). Y se desquitan a su incivilizada manera: rompen y destrozan. Pero solo reaccionan toscamente cuando se trata de un centro público, sospecho: «¡Pago mis impuestos para que me atiendan. Y si yo me jodo, que se jodan todos!».

Destacan en la foto que encabeza este artículo, estimado lector, las palabras «coño, mierda» entremezcladas con distintas figuras geométricas espirales, círculos y semicírculos, acaso imitación a las conservadas en Canarias y anteriores a la llegada de los españoles como, por ejemplo, Balos: se trata de incisiones o cortes superficiales muy consistentes hechos, a la vez, con piedras punzantes. No obstante, el tres en raya perfectamente marcado por la parte diestra invalida cualquier semejanza con símbolos gráficos -tal vez palabras- de nuestros antepasados. Debe concluirse, pues, que no se ha profanado ningún monumento milenario como es asnal costumbre en la tradición canaria (bandera sobre grabados rupestres majoreros, por ejemplo).

En efecto: se trata de un cuadrado. Este remata el conjunto de tres asientos ubicado en el inmenso pasillo de Urgencias, sala de espera del Hospital Universitario de Gran Canaria Doctor Negrín, abierto veinte años atrás a pesar de las apariencias: estas permiten ubicarlo allá por el siglo XIX. (Digo tres asientos y no es correcto del todo: a varias unidades les falta el apoyaculo propiamente dicho, víctima propiciatoria de barbaries, animalizaciones y embrutecimientos humanos más propios de hordas salvajes que de pacientes necesitados de atenciones médicas. O lo que es lo mismo, personas a quienes se atiende en un centro hospitalario cuando debería prestárseles atención veterinaria en su espacio natural -cuadras, chiqueros, alpendres, alpendes, establos, gallanías, gañanías-...)

Pero quizás algo se les escapa a quienes organizan la distribución desde el inicial momento en que se trazaron las primeras líneas sobre planos: la sección Urgencias es lugar para personas no precisamente relajadas cuando acuden a ella. Por tanto, me parece excesivamente largo el espacio de la sala de espera, poco acogedor, nada relajante, desprovisto del imprescindible calor humano.

«Sí, es cierto: la primera sala de exploración estaba ocupada por un accidentado y quienes lo atendían; lo mismo la segunda... La espera fue de impotencias»

Asientos y pasillo mezclan demasiados casos de aflicciones como para serenar mentes y espíritus. Muchísimas personas: el vagabundo con radio, bolsas y tarecos sobrepasa líneas prohibidas mientras pasea; la señora de pelo rizado repite una y otra y mil veces más la misma frase («Por favor, llévenme a mi casa»); el hombre que no responde a la llamada médica: no puede ni con su alma; la joven perlada de sudor frontal y generalizados temblores; otra aprieta su barriga con calambres; el joven aislado de la realidad cuya mirada perdida y manifiesta delgadez invitan a sospechar... Y poco personal, muy poco para tanta necesidad.

No obstante, el funcionamiento es correcto y ágil... si de robótica se hablara. Ya en el despacho la atención médica revierte la situación, relaja al paciente, le da seguridad. Tanto durante la inicial consulta como en la especializada el trato se vuelve bondadoso, apacible, humano: las dos médicas ni andan a la carrera ni son frías receptoras de un historial clínico. Muy al contrario: son confidentes e investigan, buscan precisión, exactitud, rigurosa ayuda. Bien se nota, a pesar de su juventud, la experiencia adquirida en la diaria tarea: muestran seguridad, aplomo y conocimientos de protocolos, auscultaciones, estudios. Y sobre todo entusiasmo por su trabajo, rigor médico y ternura inagotables...

Frente a tales riquezas humanas, la realidad de una infraestructura quizás desordenada o muy limitada. Cuando la segunda especialista buscó una sala para observar al paciente... se le vino el mundo encima: las tres de otro pasillo estaban ocupadas... y algunos colegas hacían cola. Me vinieron a la mente, entonces, titulares de periódicos, noticias de radio con diarias denuncias: «Noche de colapso en Urgencias del Negrín»; «No disponía de camillas y sillas y el personal se vio obligado a trasladar a los enfermos caminando a la sala de triaje» (CANARIAS7); «Caos en Urgencias del Hospital Negrín: ‘Siento impotencia al ver a un paciente de 90 años esperar 13 horas en una camilla»; «Los trabajadores denuncian cada día la falta de personal y camillas»; «Dimite el jefe del servicio de Urgencias por los colapsos en el servicio» (canariasahora)...

Sí, es cierto: la primera sala de exploración estaba ocupada por un accidentado y quienes lo atendían; lo mismo la segunda... La espera fue de impotencias: especialista, paciente y acompañante-conductor de la silla esperamos la oportunidad, apoyados en la pared. Junto a nosotros un desesperado traumatólogo reclamaba también para atender a la señora fracturada... Hubo un trato personal entre ambos profesionales: «Déjame cinco minutos, solo cinco minutos para atender esta urgencia». Ya dentro, las llamadas a la puerta se repetían insistentemente: «¡Un momento, está ocupada! ¡Enseguida termino!»...

Sí, así funcionaba aquella tarde, no de las colapsadas. Confirmé, entonces, la realidad continuamente denunciada por profesionales de Urgencias del Hospital Universitario Doctor Negrín: el dinamismo exigido se ve frenado por muchas carencias. Y estas solo se resuelven con inversiones: más personal y una «ambiciosa reorganización» tal como se viene exigiendo desde años atrás. La Consejería explota la apasionada entrega de los sanitarios, pero un día caerán rendidos... o peor incluso: desmoralizados.