OPINIÓN

Son nuestros políticos

No mitifiquemos la Transición. Aquellos políticos eran lo que eran, hombres corajudos pero con defectos. Eso sí, mejor que los de ahora; siempre nos queda la opción de ser románticos. Pero no perdamos la perspectiva. Santiago Carrillo estaba dispuesto a lo que fuera para ser ministro, aunque fuese en un Gobierno de la UCD repleto de tardofranquistas. Quería poder, ansiaba poder; nadie pudo superarlo. Pero Carrillo, aquel Carrillo, ya no era el del 36; o era igual de astuto y ambicioso políticamente pero ya institucionalizado con la bendición previa de las urnas. Se trataba de brindarle una cartera y un coche oficial como fuese al secretario general del PCE. ¡Viva los camaradas!

El otro caso igual (o más impactante) es el de Adolfo Suárez. Ese chico guapo y formal que toda madre desea para su hija. Sí, fue un valiente, el espíritu en persona de la reconciliación nacional, el que pilotó la obra que le encargo el rey, el hombre necesario en el momento oportuno. Pero también era un político chusquero, con serias carencias intelectuales que resolvía los aprietos diarios con una sonrisa y una palmadita a sus ministros. Por no mencionar su viraje político, pasó de preboste de provincias con posibles del Movimiento Nacional, con camisa azul preparada en el armario cuando la ocasión lo requería, a demócrata de última hora. Tanto cambió, que acabó su itinerario público como un socialdemócrata ochentero.

«No perdamos la perspectiva. Santiago Carrillo estaba dispuesto a lo que fuera por ser ministro, aunque fuese en un Gobierno de la UCD».

El gran triunfador de la Transición fue, de largo, Felipe González. Estuvo en el poder desde 1982 hasta 1996. Y otros, como Suárez, hicieron antes el trabajo sucio. González fue un socialista en medio de una Europa repleta de conservadores. Hasta en Gran Bretaña los laboristas, aquellos de impronta industrial y minera, perdían una y otra vez; comenzaba el ocaso sindical, el acomodo proletario a la nevera y a las dos pagas extraordinarias. González fue la excepción en aquella década. Tanto que quizá por eso pronto relegó la chaqueta de pana y solo por un tiempo la compañía de Alfonso Guerra lo compensaba. La caída del Muro de Berlín le dio la razón.

Habla pueblo, que otros gobernarán por ti. Ahora Podemos, que tantas lecciones reparte con aquello de emprender una nueva Transición, ¿otra más?, se deshace electoralmente en las encuestas a cuenta del tema catalán. Vuelve al error histórico de la izquierda: anteponer las cuestiones territoriales a la redención de los trabajadores. En el fondo, es lo mismo que los independentistas hacen cuando prevalece en su discurso la supuesta pesada carga fiscal por comunidades autónomas sin atender al criterio de cada ciudadano más allá de que viva en Manresa, Sestao, Ferrol o Artenara. Tanta democracia para esto.