Del director

Sobre ofensas y límites

15/02/2020

Cuidado con lo que dices. Cuidado con lo que escribes. Cuando con aquello de lo que te ríes... Son advertencias que se oyen con frecuencia. Y parece que cada vez más. Y siendo peligrosas, quizás lo más grave es cuando las normalizamos, cuando entendemos que hay bastante razón en esos avisos, de manera que las interiorizamos y las asumimos sin rechistar. Entonces llega un momento en que ya no hace falta que nos avisen: nos hemos censurado. Que seguramente es la peor de las censuras.

«No siendo devoto de Def con Dos, Strawberry apuntó algo que sí creo que merece una pensada»

La reflexión viene a cuento de la comparecencia esta semana en el Congreso de los Diputados -sí, nada menos que en el Congreso- de Cesar Strawberry, nombre y hombre de lo más singular para un artista de la música que también lo es de la provocación. El abanderado del grupo Def Con Dos acudió en el marco de una serie de comparecencias para ilustrar a sus señorías sobre si se debe o no modificar y en qué sentido la legislación en relación a delitos de odio, exaltación de ideologías que se consideran peligrosas... Y a alguien debió parecerle que nadie mejor que Strawberry, que está pendiente de que el Tribunal Constitucional se pronuncie sobre un recurso de absolución tras ser condenado por enaltecimiento del terrorismo. Sí, como lo oyen; o como lo leen.

No siendo devoto de Def con Dos -salvo alguna canción de sus inicios-, apuntó Strawberry algo que sí creo que merece una pensada. Pero para eso hay que dejar a un lado los prejuicios. Planteó el compositor y cantante que también hay un derecho a ofender. Me cuesta de entrada compartirlo, pero admito que, sobre la marcha, me pregunto por los límites entre lo que es una ofensa y lo que no, pues a fin de cuentas está en juego la sensibilidad de cada persona, de manera que lo que para uno puede ser una broma o una creación artística, para otro es claramente una ofensa que merece el castigo penal.

Pongo un ejemplo: esta semana en La resistencia, programa de humor gamberro donde los haya de Movistar, les regalaron un sillón de dos plazas abatible y uno de los copresentadores, Jorge Pérez, comprobó su comodidad reclinándose. Llegó a quedar en posición horizontal y soltó: «Ahora parezco Ramón Sampedro [el enfermo que batalló por la eutanasia y finalmente buscó a alguien que le ayudase a morir]». ¿Se indignó el público asistente? ¿Se ofendió alguien? A tenor de lo visto en la pequeña pantalla, nadie. ¿Encerramos en la cárcel al humorista y a todo el público? ¿Es un humor admisible? Lo confieso: no creo que haya una sola respuesta. Como también creo que una sociedad que no sabe reírse no es mejor que una que cree que toda broma es una ofensa. Con límites, por supuesto, pero la línea entre el límite y la censura es confusa... y muy difusa.