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Mientras nos sigamos divirtiendo

No se trata de ser periodistas «de raza» -un cliché tan manido- sino de intentar contar lo que pasa desde la honestidad

Loreto Gutiérrez
LORETO GUTIÉRREZ Las Palmas de Gran Canaria

Nada es ya lo que era, valga el tópico recurrente, y el periodismo tampoco. Pero la nostalgia es una trampa marrullera y cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor. De nada sirve, salvo para nutrir el anecdotario de alguna sobremesa de efluvios etílicos entre compañeros de gremio, echar la vista atrás y glosar con añoranza las batallas de aquella época de robustas máquinas de escribir, teletipos urgentes y ruidosas redacciones llenas de humo. Entonces se hacía buen periodismo y periodismo tan malo que no merece tal nombre. Había excelentes profesionales y auténticos cantamañanas. Existían medios fiables y panfletos infames. Igual que ahora. La forma de trabajar y los canales por los que se accede a la información son algunas de las otras muchas cosas que sí han cambiado radicalmente, no siempre para mejor. La tecnología ha dotado a la profesión de formidables herramientas, pero al mismo tiempo la ha sometido a numerosas tiranías. Cada vez hay más medios para informarse, aunque el famoso algoritmo brinda a cada cual aquello que coincide con sus ideas y empequeñece el mundo de los que ya solo leen o escuchan a los que piensan igual que ellos. Hornadas de nuevos periodistas insuflan entusiasmo fresco -y algo de ingenuidad también, a qué negarlo- a este bendito oficio que quienes ya llevamos un largo trecho recorrido amamos y denostamos a partes iguales. Pero el futuro de la profesión es incierto, como casi todo en estos tiempos convulsos. CANARIAS7 lleva andado un camino de 40 años, del que algo más de la mitad he compartido desde la corresponsalía de Madrid, contando e intentando explicar para que se pueda entender -cuando tal cosa es posible- todo lo que sucede en la Villa y Corte relacionado con las islas y sus orteguianas circunstancias. Una atalaya privilegiada en la trastienda de la política nacional que me ha permitido ser testigo de muchos momentos relevantes, algunos solemnes, abocados a entrar en los libros de historia, y otros que solo el tiempo ha bañado de una pátina lustrosa. Pero también de infinitas banalidades que se han perdido en el olvido. La conciencia real de todo lo vivido -y de lo mucho escrito- llega de pronto cuando ante un resumen de los principales acontecimientos de las últimas dos décadas una cae en la cuenta de que en casi todos estaba allí, detrás de la escena inmortalizada, aunque en aquel preciso momento la única preocupación fuera que la grabadora tuviera pilas o cómo evitar que los protagonistas del día dieran un desconsiderado esquinazo a la canallesca que montaba guardia en los pasillos. Entre quienes comparten hoy la tarea de cubrir la actividad política es común la fatiga ante el debate polarizado en bucle y el abuso del vacuo periodismo declarativo, impuesto por las prisas y por la imperiosa necesidad de llenar páginas y minutos de informativo todos los días de la semana, haya o no haya noticias que contar. Lo que unido a la precariedad laboral que arrastra la profesión desde hace años -y que tanto lastra su calidad- da como resultado un coctel escasamente motivador. Y si hasta hace poco los buenos ratos compartidos con compañeros en la sala de prensa o en el bar de la esquina eran un aliciente para compensar los ratos de espera y las largas sesiones plenarias que ignoran el concepto de conciliación, eso también se ha ido diluyendo a causa de los nuevos hábitos laborales que llegaron durante la pandemia y han acabado por consolidarse. Las reacciones jugosas pilladas a vuelapluma o a fuerza de martillear con una pregunta al interpelado que trata de esquivar la respuesta han sido sustituidas por la distribución desde eficaces gabinetes de comunicación de un paquete completo con nota de prensa, declaraciones en audio y vídeo cuidadosamente editadas y foto favorecedora. Solo falta el lazo. La homogeneización del periodismo convertido en mera correa de transmisión del poder. Bueno, ¿y entonces qué nos queda? Pues la pasión por la profesión a pesar de todo y el convencimiento de que el periodismo es más necesario que nunca. No se trata de ser periodistas «de raza» -un cliché tan manido- sino de contar lo que pasa con honestidad. Y salvando las distancias, poder decir lo que Kate Graham, editora del Washington Post, contestó cuando Ben Bradlee le advirtió que lo que estaban a punto de publicar les metería en un lío: «Mientras nos sigamos divirtiendo...».