En la imagen, mi abuelo Alfonso, en la fila superior con corbata) </p><p> Telegrama del Rif. A la izquierda, la linotipia que le causó la muerte.

Sepa usted que le aprecio

Todo el esfuerzo de quienes han participado en esta aventura diaria durante 40 años sería inútil sin personas capaces de asomarse a la cruda realidad. ¿Cómo informar cuando a nadie le interese la verdad? Si ese día llegara, estaríamos perdidos

Carmen Delia Aranda
CARMEN DELIA ARANDA Las Palmas de Gran Canaria

No conocí a mi abuelo Alfonso. Solo lo he visto en fotos. Sale en todas con gafas de sol. Dormía de día y volvía a casa bien entrada la madrugada. A esas horas la siempre risueña abuela Lupe le preparaba la cena. A veces llegaba con sus compañeros. En aquella casa no había quien pegara ojo. Su trabajo consistía en llevar noticias y reflexiones al papel. Fue jefe de talleres de 'El Telegrama' del Rif en los tiempos de la linotipia. Las palabras de plomo fundido llenaron su vida y sus pulmones. Murió joven por inhalarlas.

Siempre he sabido que un periódico es un lugar peligroso. Te atrapa sin remedio hasta el punto de quitarte la vida.

«Ajo y agua, son gajes del oficio», me decían en mi casa cuando suspiraba por las largas jornadas de trabajo o por tener que pasar festivos o domingos a la sombra de la redacción.

Al final, te percatas de que has renunciado a buena parte de tu vida para escribir páginas efímeras. Es el peaje a pagar para ejercer una profesión insana pero maravillosa. Porque, no se engañen, el periodismo es como la droga. Sabes que te hace mal, pero no puedes dejarlo. Siempre lo supe. El tiempo vuela. Las páginas del periódico no perduran. Lo publicado ayer hoy no sirve. Todos los días hay que enfrentarse al mismo abismo; la página en blanco. Pura incógnita, igual que los horarios.

La única consigna, cosa que agradezco a esta casa, es traer material noticioso, valioso por su interés público y su veracidad. Ahora, el periódico, ese que usted sostiene en sus manos, es un vestigio del siglo XX, un anacronismo en una sociedad digital que no tolera la pausa. Y sigo embarcada ahí, en la letra impresa, aguantando estoica como un músico en el Titánic, con un ojo puesto en los botes salvavidas de internet.

Gran parte de la tripulación ha caído. Las condiciones son difíciles. Todo cambia. La metamorfosis es permanente. Antes los procesos eran más lentos. Había que salir a la calle a buscar las noticias, frecuentar los mentideros, mantener la puerta de la delegación abierta para escuchar a cualquiera con algo que contar, tomar cafés con el diablo, colarte en las secretarías de las administraciones para expurgar documentos públicos y cualquier papel que se pusiera a tiro. El móvil suplantó la cacería física de las noticias. La digitalización acortó los plazos. Ya nadie reparte teletipos por las mesas. No hace falta esperar al revelado de las fotos, ni por el técnico encargado de ajustarlas en la página, ni por el maquetador. Los echo de menos. La redacción era un hervidero. Había debate, muchas risas e incluso chistes negros para desatar el nudo en la garganta que se nos hacía cuando testimoniábamos desgracias. «Siete personas bastan para hacer un periódico digital». Lo dijo en medio de la redacción .y sin piedad Juan Luis Cebrián, el gran negociante de periodismo.

Quizá hace una década estuvo en lo cierto pero, a día de hoy, hacen falta más mimbres para contar al instante lo que pasa en la calle a la gente de la calle.

Ahora no hay tiempo para nada. Todo es para ya. Lo malo es que 'todo y siempre' es lo mismo que 'nada y nunca'.

Tanta prisa no es buena para el espíritu, por eso reconforta saber que hay cosas que no cambian y que nuestro reto diario, por mucho que varíe el formato, los medios o las personas, es idéntico: contar las historias que ocurren a pie de calle, vigilar a los poderes públicos y, últimamente, refutar mentiras con las patas demasiado largas gracias a las redes sociales. En definitiva, hacer del periodismo una herramienta a su servicio, inestimable lector o lectora, para construir una sociedad más justa y democrática. Al fin y al cabo, una sociedad desinformada es una sociedad manipulable. Por eso, saberle ahí, leyendo, me abre un horizonte esperanzador.

Todo este esfuerzo sería completamente inútil sin personas valientes como usted, que no teme asomarse a la realidad a través de estas páginas.

Decía Martín Caparrós que hay que hacer periodismo contra el público, contar lo que muchos no quieren saber. Estoy de acuerdo y voy más lejos: ¿Cómo informar cuando a nadie le interese la verdad? Si ese día llegara, usted, yo y el mundo entero estaríamos perdidos.

Por eso, solo me cabe felicitar a quienes durante estos 40 años han participado en esta gran aventura diaria y, sobre todo, a usted por su contribución a hacer de esta una sociedad más comprometida y democrática.

Sí, lo confieso, le aprecio.