Editorial

Sánchez y la deriva independentista

16/12/2018

Como si se tratase de un bucle en el tiempo, la política española vuelve a estar en manos de la situación catalana y de la deriva de un nacionalismo que durante décadas dio ejemplo de sentido común y razón de Estado, pero que ahora está entregado a un independentismo por las bravas que no cabe en la España constitucional. Por si fuera poco, aquel catalanismo de antaño ha dejado paso a los dictados de una turba agrupada en torno a los autodenominados comités de defensa de la república y otras asociaciones similares, cuyo único norte es saltarse la ley y sembrar el desorden.

En ese contexto, la celebración el próximo día 21 de un Consejo de Ministros en Barcelona llega rodeada de los peores presagios. Cuando ha quedado en evidencia que la Generalitat no solo no frena a los grupos antisistema, sino que los jalea, sobran motivos para ser pesimistas sobre lo que puede pasar el viernes.

El Consejo de Ministros en Barcelona llega rodeado de los peores presagios

En este punto, el Gobierno de Pedro Sánchez debe tener presente que en un Estado de derecho no hay lugar para el vacío de poder y tampoco para el incumplimiento de las leyes, de manera que si una administración hace dejación de sus funciones, hay resortes legales para ocupar ese espacio y garantizar el orden público. Hacerlo de manera preventiva no se justifica, pero instalarse en la pasividad ante la evidencia de que la Generalitat es cómplice de los desmanes, resulta del todo inaceptable.

Los esfuerzos del Partido Socialista por bajar la tensión en Cataluña y tender puentes de diálogo con ese nacionalismo no han dado hasta las fechas los frutos deseados. Otro intento siempre es de agradecer pero ha de ser el último porque la agenda política, social y económica del país no puede seguir sujeta, como señalábamos al principio, a lo que cada mañana se les antoje a Puigdemont desde la distancia, a un Torra que hace tiempo desmerece el título de ‘honorable’ de su cargo, a los partidos que lo sostienen y la turba que va tomando calles, plazas, trenes, puertos y aeropuertos a su antojo.

Y si trazar esa línea roja significa que el Gobierno de Sánchez se queda sin los apoyos que le dan mayoría en el Congreso y se ve obligado a un adelanto electoral, siempre será preferible que se pronuncien los electores a que España entera viva al albur del salto al vacío de un independentismo que, en su delirio, se mira en el espejo de la traumática situación de los Balcanes a finales del siglo pasado.