Opinión

Sánchez, la audacia y la goebbelina (*)

06/06/2018

En primer lugar, Sr. D. Pedro Sánchez, tengo que expresarle mi admiración. Parece increíble que, después de las diversas peripecias por los que usted ha pasado, haya conseguido llegar a La Moncloa. Unos lo llaman resistencia, otros obstinación y hasta he oído a quien la atribuye una gran audacia. Aunque es verdad que ya los griegos decían que la fortuna favorece a los audaces, no estoy seguro de esta sea una regla inmutable. Si la audacia es atreverse a hacer lo que otros evitan o dan por imposible, me tendrá que reconocer que en algunos casos podría confundirse con temeridad o imprudencia; en todo caso, habrá que convenir que siempre es valentía.

Su trayectoria pública ha sido muy azarosa. Dicen que la belleza abre puertas, y que a quien la posee se le abren puertas. Tampoco estoy seguro de que esta sea una norma fija, aunque es evidente que a alguien de agradable presencia cuesta más trabajo decirle que no. Sin embargo, a menudo esa supuesta ventaja se convierte en un obstáculo, porque esa belleza deja en segundo plano otras virtudes, que no son valoradas en su justa medida. Y luego, desde Caín y Abel, está la envidia. Es que pocas veces he visto que se empleen con tanta saña como lo han hecho repetidamente contra usted, incluso y sobre todo sus supuestos compañeros de viaje. A pesar de todo, usted logró alcanzar la prelatura de su partido, que le arrebataron de una manera que más parecía la conjura del Senado romano contra Julio César. De repente salieron los puñales y usted quedó liquidado para los restos.

Rectifico: parecía que aquellas puñaladas lo dejarían sin capacidad de respuesta. Confieso que a mí también me pareció una quimera cuando, después de renunciar a su escaño en el Congreso, legítimamente obtenido en las elecciones de 2016, usted dijo que iba a subirse a su coche y recorrer España para preparar su regreso. Los memes invadieron las redes sociales y a todos –a mí también-, nos pareció que sería un esfuerzo inútil. Ni siquiera Adolfo Suárez consiguió remontar políticamente tras su dura y solitaria travesía del desierto. Todos pensábamos que, si aquel primer Presidente -al que no se le puede negar audacia y valentía- fracasó después de que sus propios compañeros lo abandonaran, poco podría hacer usted, más allá de generar chistes sobre las colectas para la gasolina de ese coche en el que iba a recorrer España.

Y volvió. Se presentó a las elecciones en su partido y recuperó la Secretaría General. Muchos quedaron con dos palmos de narices, porque lo que se anunciaba como su funeral político definitivo se convirtió en un regreso triunfal. Ya sabe que, en estas situaciones, si se pierde lo acusan de obstinación infantil, si se gana es determinación, claridad, fortaleza. Visto con perspectiva, la verdad es que ya nada tenía que perder y sí mucho que ganar. Seguía vivo, pero caminado siempre sobre campos minados. La situación política no ayudaba y la impresión era que usted y su partido se irían diluyendo (y más sin tener presencia en el Congreso), y que Rajoy iba a permanecer durante mucho tiempo, no por su propia fortaleza, sino por la debilidad de los otros grupos políticos representados en el Parlamento. Esta impresión casi quedó certificada cuando el miércoles 23 de mayo quedaron aprobados en el Congreso los Presupuestos de 2018, que daban en la práctica oxígeno a Rajoy para acabar la legislatura.

Cuando al día siguiente se conoce la sentencia de la Gürtel, hubo mucho ruido, pero nadie cree en realidad que ocurra algo distinto a lo de siempre, volveríamos a ver surfear a Rajoy sobre cualquier escándalo. Se espera que el PSOE reúna a su Comité Federal el viernes -otro trámite obligatorio pero baldío-, pero antes, el jueves por la noche, usted anuncia que va a presentar una moción de censura. “Está loco”, dijeron muchas voces y yo también, se va a quemar definitivamente a lo bonzo. Con la dirección del Congreso en manos del PP, la Presidenta convocó la sesión en el plazo mínimo, unos pocos días, calculando que así evitaría que usted tuviera tiempo para crear una base parlamentaria que hiciera posible lo que entonces sonaba a otra juerga de fuegos artificiales. Y eso fue justamente lo que le hizo a usted Presidente del Gobierno, tal vez con más tiempo -a Pablo Iglesias le demoraron 26 días en su moción de censura- la burbuja habría volado. Otra vez la audacia jugó a su favor.

Y ahora viene lo complicado, vuelven a decir (yo también). Los catalanistas han reiniciado su discurso, los sindicatos amenazan, el PP y Ciudadanos ya han puesto a funcionar la goebbelina, y el portavoz del PNV en el Congreso le ha dicho lo de “no le arriendo las ganancias”, que suena a advertencia de dificultades. Puede que Aitor Esteban haya sintetizado el camino que le espera, pero a estas alturas no sé qué pensar, tal vez sea usted como Maradona, que naufragaba en la bonanza y se agigantaba en la tormenta. Por la cuenta que nos trae a todos, ojalá que todo eso de la belleza, la audacia y la fortuna sea verdad al menos esta vez. Ojalá actúe con sabiduría, desearle suerte estaría de más, ya la tiene. No la malgaste, señor Presidente.

(*) Goebbelina: máquina que, por repetición, hace parecer verdades las mentiras.