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El contrapeso de la esperanza
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El contrapeso de la esperanza

Este nuevo año bisiesto se inaugura con muchos frentes desoladores y desafíos de dimensiones colosales

Roberto R. Aramayo

Profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC e historiador de las ideas morales y políticas

Lunes, 1 de enero 2024, 23:09

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La balanza de nuestra mente no es absolutamente imparcial y uno de sus brazos -el que porta la inscripción 'esperanza de futuro'- cuenta con una ventaja mecánica merced a la cual aquellas razones, aun livianas, que caen en su platillo hacen alzarse en el otro platillo especulaciones de mayor peso específico; esta es la única inexactitud que no puedo, ni tampoco quiero, eliminar». Leí este pasaje kantiano por primera vez en 'La razón sin esperanza' de Javier Muguerza. Me impresionó tanto que dediqué mi tesis doctoral a la esperanza kantiana. Para Kant la esperanza tiene dentro del ámbito práctico un papel homologable al saber en el conocimiento. Desde su marxismo cálido Bloch escribió su trilogía titulada 'El principio esperanza'.

El mito de Pandora tiene dos versiones complementarias. Al abrir la caja que lleva su nombre se reparten por el universo todos los males, pero en el fondo queda la esperanza. Lo último que se pierde, según el refranero. Habría una esperanza negativa, que nos hace aferrarnos a ilusiones quiméricas e irrealizables, impidiéndonos afrontar la cruda realidad y sus reiteradas adversidades. Pero también se la puede presentar como el motor del pensamiento utópico y el acicate que promueve cualquier conquista social. Kant aprendió de Rousseau el protagonismo que merece tal esperanza. Sin ella nos dejaríamos asolar por el desánimo y sucumbiríamos al conformismo dictado por la desesperación. Sin acariciar uno u otro sueño inspirado por la esperanza nunca se cambiaría nada y nadie sabría luchar contra las injusticias. Como le gustaba decir a Javier Muguerza, siempre cabe soñar con un mundo mejor e intentar cambiar el orden establecido.

Este nuevo año bisiesto -que coincide con el tricentenario del natalicio kantiano- se inaugura con muchos frentes tremendamente desoladores y sus desafíos tienen dimensiones colosales. Nuestro planeta nos avisa de que no puede regenerarse con tanta rapidez como lo degradamos y que nos acercamos a un punto irreversible. Guerras que nos hubieran parecido imposibles bajo el confinamiento de la pandemia nos presentan nuevos rostros del daño. La penuria convive con una opulencia obscena y las desigualdades van en aumento por doquier. En lugar de dialogar para encontrar soluciones a nuestros problemas, nos echamos los trastos a la cabeza descalificando al adversario político, al que tratamos como si fuera un enemigo a batir. Incluso entre quienes piensan de modo similar, los desencuentros están a la orden del día por un absurdo afán de protagonismo. Nuestra empatía va decayendo por la constante inmersión en una realidad virtual que va colonizándolo absolutamente todo.

Los hechos alternativos y la desinformación descabalgan a los datos fidedignos con su sensacionalismo e incluso llegan a resultar más verosímiles que lo acontecido. Distinguir entre ficción y realidad se va coinvirtiendo en una tarea muy ardua. El mentiroso logra hacer pasar por tal a aquel a quien quiere calumniar proyectando en él sus propias miserias. La calumnia hace fortuna y es muy complicado redimir a quien queda estigmatizado por ese ponzoñoso encizañamiento.

¿Qué hacer ante semejante panorama? En primer lugar, tomarnos las cosas con ciertas dosis de humor. Eso no las cambiará sin más, pero al menos conseguiremos reducir su impacto emocional sobre nosotros, lo cual no es poco. Pero no se trata de adaptarse al paisaje hasta confundirnos con el entorno. Hay que aprender a cabalgar sobre las circunstancias y no dejarnos arrollar por ellas. Una vez parado el primer golpe, hay que pasar al contraataque. Debemos creer que podemos contribuir a cambiar cuanto nos parezca inadecuado y sumar fuerzas para conseguirlo. Nuestra especie ha evolucionado gracias a la cooperación grupal. Cuando apostamos por el egoísmo exacerbado suele irnos bastante peor en cuanto comunidad social.

Ahora mismo no sabemos cómo se desarrollarán en muy poco tiempo los avances de la inteligencia artificial, pero esta nunca podrá resolver nuestros dilemas morales, por mucho que nos tiente delegar en una maquina nuestra responsabilidad ética y escudarnos en sus presuntamente objetivos e inefables algoritmos para justificar nuestras tropelías o imponer nuestros criterios con esa tutela paternalista e incapacitante. Nos queda siempre la esperanza de que podemos cambiarnos a nosotros mismos y cambiar las cosas cambiando nuestras costumbres. Para eso no necesitamos de leyes, códigos o normas. Basta con llevar a cabo una revolución en la ciudadela interior. En ese baluarte donde podemos hacernos fuertes contra toda suerte de asedios.

Es hora de reparar en todo lo bueno que también ocurre a todas horas, en lugar de recrearnos con los aspectos más oscuros del presente o el pasado. Hagamos que sea noticia el esfuerzo y la bonhomía. Dejemos de considerarnos meros consumidores perpetuamente insatisfechos. Aprendamos a ponernos en la piel de los demás para comprenderlos mejor a ellos y de paso a uno mismo. Si uno logra estar contento consigo mismo, será capaz de cultivar auténticas amistades y mantener afectos duraderos. De lo contrario, envidiando la suerte ajena, solo conseguiremos amargarnos y aspirar a ser el tuerto entre los ciegos. Ayudar a los demás es hacerse un favor al mismo tiempo y seguramente reparar una injusticia previa. ¿Qué dicha puede haber en acaparar y arrebatar? Compartir y ser generosos resulta mucho más fructífero en todos los órdenes.

Todo esto lo escribo con un espíritu poco navideño y desde un ateísmo bien meditado. Se pueden tener buenas intenciones y no esperar ninguna recompensa por ello. En realidad, es lo que debería pedirnos el cuerpo de forma natural, aunque las instituciones educativas no siempre acierten a desplegar esa buena disposición. Sartre dijo que los otros representan el infierno, pero también pueden ser nuestro cielo aquí en la Tierra. El mamoneo de la gazmoñería y el culto a las meras apariencias reales o digitales perjudica nuestras mejores cualidades como seres humanos.

Como señalaron pensadores tan dispares como Adam Smith o Schopenhauer, la 'compasión' es el umbral de nuestro comportamiento ético. Sin esta primera piedra difícilmente se puede construir el edificio de la política con sólidos cimientos y lo que se denomine moral no pasará de ser un mero simulacro. Intentemos no compadecernos tanto de nosotros mismos y ejercitemos con los demás ese generoso talante que suscita la compasión para con el sufrimiento ajeno. Esta sería mi propuesta para empezar un año en el que conmemoramos el tricentenario del nacimiento de quien escribió 'Hacia la paz perpetua: Un diseño filosófico'. Lean esta obra.

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