La reconstrucción palmera

Mirarse en el espejo de Lanzarote es un ejercicio más que recomendable

Francisco Suárez Álamo
FRANCISCO SUÁREZ ÁLAMO

Apagado el volcán, ahora toca la reconstrucción de La Palma, una tarea que se aventura difícil por cuanto hay que muchas heridas que curar y hay que hacerlo asumiendo que el riesgo volcánico está ahí y seguirá estando durante siglos. No hay más que recordar lo que dicen los expertos en vulcanología: esta no será la última erupción y tanto La Palma como otras islas están expuestas a ese riesgo. A fin de cuentas, así surgimos en el Atlántico y así somos un archipiélago con encantos envidiables para media humanidad. Para lo bueno y, como bien saben los palmeros por lo acontecido en 2021, para lo malo.

En el inicio de la crisis volcánica, la ministra Reyes Maroto cometió el error de apresurarse y decir en voz alto lo que muchos pensaban (pensábamos): el volcán podía ser un activo turístico. La gran equivocación fue el momento: ella seguramente pensó, como también muchos entonces, que la erupción no tendría el poder destructivo que luego se vio y que su condición de reclamo turístico inmediato estaría muy por encima del coste económico, social y también emocional que dejó la erupción. Por suerte, y salvo un episodio que no es achacable directamente a la erupción, el volcán no se cobró vidas humanas. Como también por suerte no asistimos a una erupción como la vivida hace unos pocos días en Tonga. Lo digo porque no está de más comparar y calibrar igualmente la capacidad de reacción, la gestión de las emergencias, como también la respuesta de las administraciones ante la crisis.

La reconstrucción de La Palma la tendrán que solventar ahora los propios palmeros. Sus instituciones, con el Cabildo al frente y los ayuntamientos directamente afectados, pero también los del resto de la isla, porque los efectos de la crisis atañen al conjunto de La Palma. El Gobierno de Canarias, el Estado y la Unión Europea pueden echar una mano, pero al final será La Palma quien decida cómo quiere 'resetearse'. Y es ahí donde creo que vale la pena volver a lo que planteó la ministra: el volcán tiene que ser un activo turístico y sus beneficios como tal deben llegar en primer lugar a quienes sufrieron los estragos de la erupción, para luego extenderse por el conjunto de la isla. Mirarse en el espejo de Lanzarote es un ejercicio más que recomendable: una isla que vivió auténticas penurias por las grandes erupciones y que, siglos después, rentabiliza ese legado. En La Palma no hay que dejar que pasen cientos de años para ese ejercicio, sobre todo porque su volcán ha sido visto en todo el planeta y ese es otro reclamo a explotar.