Opinión

Rajoy y lo ingrato de gobernar

Son malos días para el PP. La responsabilidad del sentido de Estado ejercida por Mariano Rajoy no tiene premio directo. El público constitucionalista en Cataluña ha optado por Ciudadanos. No se espera grandes dosis de autocrítica dentro de las filas populares, la urgencia es la urgencia. Y ni el propio Rajoy esperaba el envite que los soberanistas le presentaron este año. Pero José María Aznar sigue ahí: solicitando mayor firmeza. Dirá que se pecó de entendimientos. Que en Cataluña había que desplegar un Irak español. Mano dura, prietas las filas. Pero esos votantes se han ido a Ciudadanos. El ala derecha, el neoliberalismo de George W. Bush, no estará con Rajoy (un prohombre del conservadurismo de provincias) pero tampoco ya el PP es el partido de Aznar. Dejó su legado: una bonanza económica que en 2008 pinchó y el autoritarismo posdemocrático. Pero en Cataluña no hubiesen votado al candidato de Aznar, pues él en su día pactó con el nacionalismo.

A Adolfo Suarez le ocurrió lo mismo que a Rajoy pero en otro orden de cosas. La ética de los principios no fue avalada por las urnas. Suárez pilotó la Transición pero acabó solo. Rajoy dicta el precepto 155, lo que supone a efectos prácticos suspender la autonomía, pero no hay recompensa. Muy duro. Demasiados dirigentes mueren con las botas puestas en el campo de batalla sin honra, incomprendidos por la celeridad de los acontecimientos.

Podemos podría quedarse como el partido ungido al calor de la crisis económica. Y Ciudadanos más de lo mismo con el dilema territorial. Los fallos del bipartidismo, los errores de populares y socialistas, los ha cubierto las formaciones llamadas emergentes hasta hace no mucho. Se fragmenta el Parlamento, se divide el voto. Y no solo en Cataluña. Lo que complica la gobernabilidad y los consensos de largo recorrido. Tenemos un problema político enquistado (el mapa territorial) pero los agentes en Madrid no disponen de la capacidad suficiente para encararlos. UCD no pudo con Cataluña y el País Vasco donde los nacionalismos y las izquierdas les desbordaban. Y el PP comienza a sentir esa orfandad en ambas comunidades autónomas. Se aferra a la España interior con el convencimiento de que solo así podrá resistir en La Moncloa. Algunas pulsiones políticas de la Transición irrumpen otra vez a su modo: confusión en el sistema de partidos, desorden del tablero competencial y decepción social ante un horizonte oscuro que no ofrece certezas. La ejecución del artículo 155 de la Carta Magna quedará para los libros de historia, entonces Rajoy quedará retratado con mayor precisión. O puede que, a este paso, aún la tensión catalana permanezca. Sin duda, el edificio constitucional de 1978 está amenazado.