OPINIÓN

Pueblo chico, infierno grande

09/02/2018

Son insospechables los niveles de mezquindad que pueden protagonizar las personas con sus actitudes. Los mezquinos, los ruines y demás farándula, los vas detectando mejor con el paso del tiempo. Hay una máxima popular que reza que pueblo chico, infierno grande. Vamos, que en los pueblos se puede sufrir multitud de prejuicios, comentarios hirientes y el clásico juego del qué dirán. Algo muy triste que han padecido especialmente aquellos que ostentan una supuesta debilidad de cara a la sociedad y a lo políticamente correcto. Esto ocurre en Canarias, en la meseta castellana y al otro lado del Atlántico. Y, por cierto, obliga a pasarlo realmente mal a aquellos que van en el día a día tratando de contentar a todos y quedar bien cuando, las cosas como son, la vida en forma de tragedia apela a veces a tomar decisiones valientes.

«Lo pensé al salir del cine tras ver ‘Tres anuncios en las afueras’ (...) Una tragicomedia ambientada en esa América profunda».

Lo pensé al salir del cine tras ver Tres anuncios en las afueras. Una madre, arrepentida y menospreciada por el que fuera su marido, que carga con la conciencia de haber perdido una hija. La película es una tragicomedia ambientada en esa América profunda donde se explica sociológicamente la victoria contra todo pronóstico del magnate Donald Trump. Y, de hecho, hay varias escenas en las que no puedes dejar de soltar una carcajada con situaciones límites. Pero a medida que avanza la trama y vas escarbando en los personajes de esa localidad del interior estadounidense, te percatas que detrás de esa fachada de prejuicios propios de un talibán, rostros de Torquemada capaces de enjuiciar al resto o sobrerreacciones de masculinidad, solo se halla la debilidad humana. Debilidad por no saber uno mismo vivir tal como en realidad es, la impotencia de no ser congruente. Y debilidad también porque, como diría Sartre, el infierno son los otros.

La represión soterrada (o no) a la condición de la mujer, la repulsa a la homosexualidad o las apariencias forzadas de una familia bien avenida que, en verdad, ya el marido y la mujer tan solo se soportan como buenamente pueden en esa calamitosa rutina, está aún a la orden del día. Y eso es caldo de cultivo para el daño. Aunque muchas veces ese menoscabo, como demuestra la película, es fruto de una baja autoestima o de someternos al imperio del antojo de lo que estile los terceros. Y sorprende cómo incluso esos que caen en la deriva de la mezquindad aguardan, en ocasiones, un fondo último noble. Como si aquel principio de la Ilustración por el cual siempre nacemos con la condición de ser buenas personas pero es luego la sociedad la que trunca nuestra bondadosa voluntad, fuese irremediablemente cierta. Hay que verla.