Primera plana

Premio y castigo del votante

12/03/2019

La noche del recuento de las generales habrá que asumir que el sistema electoral, diseñado en la Transición y al abrigo de lo que sería de manera inmediata UCD, no está pensado para un abanico multipartidista sino tan solo para el bipartidismo. Entonces lo que se buscaba era un modelo al estilo anglosajón con dos grandes formaciones a izquierda y derecha que pivotasen sobre el centro. Es decir, algo mucho más cercano a la idea decimonónica de Antonio Cánovas del Castillo que a la pluralidad italiana después de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando gobiernan unas siglas u otras en exclusiva es más fácil para el votante identificar responsabilidades y castigar con su voto. Por el contrario, en un escenario de pactos a escala nacional (que es a lo que nos abocamos) es mucho más difícil para la sociedad con su ejercicio del derecho al voto dirimir sanciones y premios en medio de cada bloque ideológico. Es verdad que en el ámbito autonómico y municipal no es nada nuevo pues la necesidad de las alianzas concurre desde los primeros comicios allá donde no se obtiene mayoría absoluta, pero no estamos acostumbrados a ello en La Moncloa.

Además, esto puede implicar resquebrajos internos. ¿El votante socialista acepta que Pedro Sánchez tenga a Pablo Iglesias de vicepresidente y ministro de Economía por ejemplo? ¿El que respalda al PP asumirá sin más que Pablo Casado nombre a Santiago Abascal titular de la cartera de Asuntos Exteriores? Me temo que esto no se ha madurado y, las cosas como son, tiene toda la pinta que está a la vuelta de la esquina. Y, digo yo, si tanto asustaba la idea de una gran coalición a la alemana entre socialistas y populares, igual o más debe inquietar las fórmulas diversas citadas para un electorado que solo ha conocido el bipartidismo desde 1977 con sus protagonistas (UCD, PSOE, PP...) en soledad y sin socios dentro del Ejecutivo de turno.

Con todo, lo suyo es que estas variantes tengan consecuencias por sí mismas en cada formación. Por lo que desde que irrumpió el 15M y los llamados partidos emergentes parece que estamos padeciendo una mutación constante en cada uno de ellos. De tal manera, que cabe preguntarse qué será del PSOE, PP, Ciudadanos, Podemos y Vox a la vuelta de cinco años y nadie saber qué responder con un mínimo de certezas. Si el andamiaje normativo electoral está pensado para lo que está (dos formaciones importantes) y la realidad sociológica es otra, antes o después se producirá un choque de intenciones o una insatisfacción enquistada entre el deseo del votante y los rendimientos de la arquitectura electoral. No es que vivamos un periodo de incertidumbre globalizador, que también, es que los parámetros del 78 están disolviéndose paulatinamente y, de momento, no son remplazados por otros igual de estables. Y el votante, por supuesto, responde a estímulos.