CC y su 'portavoz bis'

Veremos a Espino «prestando» su voto al partido de «los chiringuitos»

Editorial -
EDITORIAL - Las Palmas de Gran Canaria

La generosidad del Reglamento del Parlamento de Canarias es tan amplia que desde ahora habrá un partido con dos portavoces en cada pleno: Coalición Canaria. Por un lado estará su portavoz oficial en la tribuna, puesto en el que se turnan habitualmente José Miguel Barragán, Pablo Rodríguez y Rosa Dávila, y por otro la diputada del Grupo Mixto Vidina Espino.

Esta semana Espino confirmó todos los pronósticos, al integrarse en Coalición Canaria bajo el eufemismo de «independiente». Lo hace, según dijo, «prestando» su voto a los nacionalistas, algo que, de facto, ya ocurría desde que el pasado año anunció que dejaba Ciudadanos. No hay más que repasar el diario de sesiones para comprobar que Espino lleva meses actuando como una parlamentaria más de CC.

Será ella la que deberá explicar a la ciudadanía, en especial cuando lleguen las próximas elecciones, por qué enterró su compromiso de trabajo por regeneración política, por qué olvidó sus frases contundentes contra «los chiringuitos» de Coalición Canaria, y por qué ahora habla de CC como «un partido centrado». Hasta la fecha, el único mensaje que ha articulado al respecto es que la Coalición Canaria de hoy no es la misma que la de 2019. Con Fernando Clavijo como secretario general del partido y con los mencionados José Miguel Barragán, Pablo Rodríguez y Rosa Dávila liderando el grupo parlamentario cuesta entender dónde ve Espino diferencia alguna.

Su argumentario incluye también una explicación que resulta cuando menos peregrina de la salida de Ciudadanos. Dice Espino que lo hizo porque el que era su partido renunció a defender los intereses de Canarias, pero quizás se le ha olvidado que Cs tuvo desde su irrupción en la política nacional un discurso crítico con algunas singularidades fiscales y económicas derivadas de la situación de territorio alejado y fragmentado. De manera que quizás estemos ante la demostración de que Espino se subió al carro de Ciudadanos para medrar -opción legítima, por supuesto- pero sin haber leído los principios ideológicos del partido al que se incorporaba.

Y quizás ahora estemos asistiendo a una reedición de esa situación: un cambio de chaqueta por mera supervivencia política. Así, veremos a Espino «prestando» su voto al partido de «los chiringuitos», como dijo en la campaña electoral de 2019. Todo ello, con la complicidad del presidente del Parlamento al consentir esa 'portavocía bis'.

Fuera de la realidad

La investidura de Carles Puigdemont como presidente del Consell para la República, una suerte de pretendido gobierno de los independentistas catalanes paralelo a las instituciones autonómicas que comandan otros secesionistas con Pere Aragonès al frente, evidencia hasta qué extremo el separatismo más radicalizado se ha situado fuera de la realidad. No ya de la de Cataluña, que ha ido enfriando las pulsiones de ruptura por la pandemia; las divisiones incesantes entre ERC, las sucesivas marcas de la extinta Convergència, la CUP y las organizaciones del independentismo social; y el agotamiento de una sociedad fragmentada y exhausta tras una década de pulso con el Estado constitucional.

La escenificación organizada ayer para mantener viva la llama de la secesión y la proyección -menguante- de Puigdemont refleja una ensoñación incompatible con una Europa obligada a rearmarse en su unidad y cohesión fundacionales para hacer frente al inaceptable desafío de Putin en Ucrania. El simulacro nucleado en torno al expresident huido en Waterloo, con el inquietante eco de las simpatías hacia Rusia, apenas encuentra quién le devuelva la mirada en el espejo de la Cataluña plural y realista y menos aún en la UE que se defiende hoy a sí misma.