Primera plana

Pedro Sánchez y la crisis sistémica

06/02/2020

Asoman los vicios estructurales de la Constitución de 1978 y el relato de la Transición. La ambigüedad del Título VIII no fue una casualidad sino tan solo una manera (puede, incluso, que calculada) de ganar tiempo y dejar un abanico de posibles para ir arreglando, poco a poco, paso a paso, la configuración territorial del Estado en un nivel subconstitucional o desconstitucionalizado. Pero las cosas son como son: en sede constituyente no se resolvió la problemática territorial que era, sin duda, junto a la democratización, el gran reto del ciclo constitucional que se abría. El mismo, por cierto, que irrumpió también con la Segunda República. Si en el siglo XIX el modelo territorial no era la constante y el pulso vital del ánimo constituyente, sí lo fue en el siglo XX a son de las experiencias democráticas (1931 y 1978).

El problema que tiene la izquierda es que no casa su acción política acorde con su ideología al dilema territorial que, plasmado en la práctica, está inconcluso. En resumen, la derecha dispone de una visión de España (uniforme, centralista y arengada fervientemente durante el nacionalcatolicismo cristalizado todavía en rémoras) que abandera sin rubor lindándola a la noción nacional mientras que las izquierdas se topan con las realidades diferenciadas, las llamadas nacionalidades, que aún no encuentran su encaje en la España plural cuando no directamente, como ocurre en Cataluña, abogan por la independencia.

En cierta medida, la tesis de que el imperio español fracasó al fraguar sus restos en una única nación reflejada en el Estado está razonada. De ahí, la apelación política y constitucional a la plurinacionalidad o la narrativa académica de España como nación tardía.

La demanda catalana, el sempiterno debate territorial, incomoda a la izquierda. Sin ir más lejos, y a efectos cotidianos de la agenda política, tanto el PSOE como Podemos no tuvieron inconveniente en mantener vivo el estímulo del tema catalán durante los gobiernos de Mariano Rajoy. Por supuesto, no lo avivaban ni fueron los causantes pero las peticiones de JxCat, ERC y la CUP eran recibidas con naturalidad al alimón que Rajoy gobernaba. Ahora bien, una vez que triunfó de manera inesperada la moción de censura y se materializa el primer Ejecutivo de coalición desde la Segunda República, la Historia, tan pertinaz como inapelable, resurge para constatar las contrariedades y los tedios que suponen para la izquierda la denominada cuestión catalana que, a juicio de Sánchez, comenzó siendo un problema de convivencia y actualmente ya es un conflicto político. Es más, ese hastío a pie de calle (cuando no directamente catalanofobia) embarga asimismo a una parte del electorado de izquierdas en el último tiempo; en cuanto que el PSOE percibe que el asunto se le va de las manos, que sus votantes de alma jacobina pueden escandalizarse, concurre un cansancio similar al previo de las derechas mesetarias.

Antes o después, se evidenciará que no hay forma de aunar la reclamación del soberanismo catalán con la contraprestación del PSOE siendo un trago llevadero. Para el independentismo la conllevancia orteguiana ya no es válida, están en otra dimensión desde que la STC 31/2010 rompiera la Constitución territorial. Lo que se discute en Cataluña, en sus próximas elecciones, es si el bloque independentista lo liderará ERC, acordando así un modo de acuerdo con Sánchez que implicará remover los cimientos autonómicos, por no mentar las repercusiones del pacto fiscal, o JxCat para incidir en la teoría de cuanto peor, mejor. En suma, dos vías distintas que tienen, más temprano que tarde, idéntico propósito. Ese que, en su día, no fue resuelto en sede constituyente y, por lo tanto, amenaza la viabilidad del sistema del 78.