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José Ibarrola
Sudán, la guerra olvidada
Opinión

Sudán, la guerra olvidada

Ante nuestros ojos tenemos una de las peores crisis humanitarias que el mundo ha visto en décadas y no podemos tolerar que se mire para otro lado

Paula Gil

Presidenta de Médicos Sin Fronteras España

Lunes, 13 de mayo 2024, 22:20

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El 15 de abril de 2023, Sudán se despertó sumido en el estruendo de la guerra, marcando un cambio dramático en la vida de millones de personas. Jartum, su capital y una de las principales ciudades africanas, se convirtió en el principal campo de batalla entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido. A un año de aquel fatídico día, la situación en Sudán es desoladora, con un conflicto que se ha extendido a todo el país y el horizonte es aún más desesperanzador: la guerra lejos de acabarse está tan activa como el primer día.

Tras doce meses de intensos combates, bombardeos, fuego de artillería y operaciones terrestres en zonas rurales y urbanas, la población está agotada. Veinticinco millones de personas, la mitad del país, necesita ayuda humanitaria urgente, hablamos de una cuestión de vida o muerte. Más de ocho millones han tenido que abandonar sus hogares para buscar un lugar seguro. Imaginen a toda la población de Andalucía o Cataluña huyendo prácticamente con lo puesto, en todas direcciones.

Además, dos millones de personas han buscado refugio fuera del territorio nacional, en lugares tan duros como la desértica frontera entre Sudán y Chad, donde no hay agua suficiente, ni comida para el medio millón de personas que se han desplazado huyendo de la violencia extrema que padecieron en Darfur, una vasta región en el oeste de Sudán.

Y mientras tanto, las partes beligerantes obstruyen activamente el flujo de ayuda. El Gobierno de Sudán niega repetidamente los permisos para que el personal humanitario y los suministros crucen las líneas de conflicto, empeñados en castigar al enemigo y lo que sucede es que se atormenta a la población. Como resultado, el personal sanitario hace malabares con lo poco que tienen, casi no hay materiales para hacer operaciones quirúrgicas, incluidas cesáreas. En zonas bajo el control de las Fuerzas de Apoyo Rápido, centros médicos y almacenes han sido saqueados, y el personal sanitario, ha sido repetidamente acosado y detenido. Se calcula que apenas entre el 20% y el 30% de los centros de salud en Sudán continúan operativos.

Las necesidades crecen día a día, pero la respuesta humanitaria es vergonzosamente inadecuada. En algunas localidades, Médicos Sin Fronteras es la única organización humanitaria internacional presente y sabemos que hay muchas otras zonas en el país en las que no hay absolutamente nadie prestando ayuda.

Ni siquiera en zonas más seguras, la respuesta internacional es suficiente. Por ejemplo, en los campos de refugiados de Chad, que pude visitar recientemente, y donde un puñado de organizaciones tratamos de dar respuesta a las necesidades más básicas de medio millón de personas.

Chad ocupa uno de los últimos puestos en el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas y, a pesar de los enormes desafíos internos que enfrenta, ha sido capaz de ofrecer su territorio para que las personas procedentes de Sudán puedan refugiarse, pero no tienen los medios para poder dar una mínima respuesta a semejante alud de necesidades.

El despliegue que hemos hecho en los campos de refugiados de Chad es de los mayores que estamos llevando a cabo en todo el mundo, además de prestar atención médica estamos haciendo un gran esfuerzo para proveer de agua potable y letrinas a miles de personas, pero necesitamos que se unan más organizaciones especializadas en agua y saneamiento y que se garantice la distribución adecuada en frecuencia y cantidad de comida.

En la frontera este del Chad, en Adré, se hacinan cerca de 130.000 personas viviendo en chozas improvisadas, allí nuestros equipos tratan de garantizar un mínimo de agua por día, pero las condiciones de saneamiento son inexistentes.

La falta de comida es una gran preocupación. En enero de este año, en el campo de desplazados de Zamzam, en Darfur Norte, hicimos una evaluación nutricional rápida y descubrimos que casi una cuarta parte de los niños (23%) padecían desnutrición aguda, y de estos, el 7% eran casos graves. El 40% de las mujeres embarazadas y lactantes estaban desnutridas y la tasa de mortalidad en el campo llego a alcanzar la escalofriante cifra de 2,5 muertes por cada 10,000 personas al día. El Programa Mundial de Alimentos hizo su última distribución de comida en mayo de 2023.

Hace unas semanas, en París, se celebró la conferencia de donantes y se llegó al compromiso de dedicar 2.000 millones de euros a esta crisis. La realidad es que estos fondos no alcanzan ni la mitad de lo que la ONU había pedido para paliar las consecuencias de esta guerra, también habrá que ver si estos fondos se materializan en su totalidad, porque en el ámbito humanitario se acumulan demasiadas promesas incumplidas.

Es fundamental que la comunidad internacional se movilice y muestre un compromiso genuino hacia las poblaciones y que se exija a las partes en conflictos que cumplan con su obligación de proteger a los civiles.

En un mundo saturado de crisis, no podemos permitir que el sufrimiento de la población sudanesa se normalice o se ignore. Ante nuestros ojos tenemos una de las peores crisis humanitarias que el mundo ha visto en décadas y no podemos tolerar que se mire para otro lado.

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