El obispo reincidente

Álvarez se encuentra en Roma. Ojalá Dios lo ilumine...

Francisco Suárez Álamo
FRANCISCO SUÁREZ ÁLAMO

La reincidencia no creo que sea un pecado mortal pero sí que demuestra que no se cumplió aquello del 'firme propósito de enmienda'. Lo digo por el obispo de la Diócesis Nivariense -para entendernos, la provincia de Santa Cruz de Tenerife-, Bernardo Álvarez. Sus palabras sobre la homosexualidad como «pecado mortal» han dado la vuelta a España y han llevado a más de uno a preguntarse quién es el personaje. Para los desmemoriados, en su día fue aplaudido como obispo canario, en un gesto del Vaticano hacia el archipiélago, pero en los últimos años se ha ganado la popularidad, primero por 'disculpar' los casos de pederastia en la Iglesia católica y más recientemente por haberse vacunado contra la covid-19 cuando no le tocaba. De ambas polémicas salió algo trasquilado pero se extendió un manto de silencio sobre las mismas. Quizás ese fue el error y por eso el hombre ha vuelto a subir el tono para que haya más parroquia a su alrededor. Aunque sea para criticarlo.

Lo peor -y ya es decir- no es que tipifique la homosexualidad como «pecado mortal». A fin de cuentas, con no creer en lo de esas penitencias en la otra vida pues se acaba el asunto; lo más grave son las explicaciones con que adornó el calificativo, establecimiento una comparación bastante lamentable y odiosa entre ser homosexual y estar alcoholizado. Y dando a entender, pero sin tapujos, que si alguien caía en la homosexualidad, debería asumir la culpa y cargar con las consecuencias. Ya puestos, podría haber dicho lo mismo de sus compadres de profesión y sotana que rompieron el voto de castidad para abusar de menores, pero se ve que no se acordó. A fin de cuentas, ya explicó en su día que había que ver de qué menores se trataba y cómo se comportaban -más o menos, como lo de la pregunta de la minifalda a la mujer víctima de agresión sexual...

Ahora se explica un poco mejor por qué la Iglesia católica de estos lares fue tan benévola, por ejemplo, con el cura Báez. Después de todo, quién es un obispo para cuestionar a un sacerdote que disculpó la violencia vicaria cuando el superior en el escalafón sigue presentando a los homosexuales como unos degenerados que, en lugar de llenar el estómago y el hígado de alcohol en un bar, cometen un pecado mortal a sabiendas y con reincidencia.

Bernardo Álvarez se encuentra estos días en Roma. Ojalá allí Dios lo ilumine, pero no el sentido peyorativo de 'iluminado', sino en el de abrirle los ojos y traerlo al siglo XXI. A ver si recuerda que Torquemada, que en gloria esté, murió en 1498.