Opinión

Nueva política y tres piedras

24/07/2018

Da la impresión de que alguien ha dado la orden de que se proclame el final de la etapa política que comenzó con la Transición, empezó a desmontarse con el 15-M y ha quedado definitivamente clausurada con la llegada de Pablo Casado a la presidencia del PP. Ya sabemos que cualquier idea, por muy endeble que sea, puede convertirse en evangélica si está bien argumentada, porque las palabras construyen a veces edificios que parecen sólidos hasta que cambia el discurso. Hay una obviedad que se justifica con el paso del tiempo: ya no hay en el escenario principal personas que fueron protagonistas durante las últimas décadas. Hasta ahí, de acuerdo.

Sin embargo, una cosa es la cronología y otra muy distinta las pregonadas ideas nuevas. Pocas, según veo, y esas se parecen mucho a las de siempre por muy vestidas de domingo que nos las presenten. Es la cuadratura del círculo, una renovación con el ideario de Fraga. Es cierto que los líderes de los grandes partidos estatales son otros mucho más jóvenes, que andan todos en la cuarentena o incluso en la treintena, y que, por la inercia del tiempo, las entidades que tuvieron como mascarones de proa a los figurones de las Transición tienen como cabezas de cartel a personas más jóvenes. El relevo generacional es indiscutible, ahora son los Sánchez, Casado, Iglesias, Rivera o Garzón quienes aparecen al timón de sus grupos, y también ha sucedido en la empresa privada, en la banca y en casi todo. Aun así, no se nota que estemos en un tiempo político realmente nuevo.

Siempre habíamos pensado que, cuanto más lejos fuera quedando la etapa franquista, más cerca estaríamos de la democracia estándar europea. Los primeros años del postfranquismo (por situarnos) fueron complicados, aquel cambio se hizo manteniendo la respiración, porque entonces los llamados poderes fácticos seguían vigilando desde las prolongaciones de una dictadura que lleva la definición en su nombre. En las décadas siguientes, entramos en la UE, y se llegó a una dinámica aceptada por la mayoría. ¿Que la Transición se hizo bajo el imperio del miedo? Cierto, y la gran crítica a esa larga etapa que ahora dicen acabada es que faltó valentía para ir adaptando con el paso de los años la sociedad y la política a una democracia más avanzada y libre de hipotecas con el pasado. Hay que aceptar entonces que se perpetuaron muchas cosas que provenían del franquismo y más allá, y se les lavó la cara en la Constitución de 1978, con lo que concluyo que, después de cuatro décadas de dictadura, ha habido otras cuatro de tiempo perdido. La sociedad se acomodó mayoritariamente en una cotidianidad con sordina, y es verdad que se cambiaron las formas dictatoriales, pero no acabó de llegar la democracia.

Cruzada la barrera del siglo y del milenio, empezamos a ver con cierta extrañeza que salían franquistas, conservadores casposos y parafascistas hasta debajo de las piedras, y nos preguntábamos que dónde habían estado desde 1975. Pues estaban ahí, agazapados, y fue en las legislaturas de Zapatero cuando el río -que agua llevaba- empezó a sonar. ¿Por qué no antes? Pues porque fue entonces cuando se trató de cubrir el retraso, al menos en parte. Los topos salieron salieron de sus madrigueras cuando fueron llevadas al Congreso las leyes de Igualdad, de Memoria Histórica, de matrimonio de parejas del mismo sexo y otros cambios que estaban cogiendo polvo en el cajón de la democracia, fueran en Educación, Sanidad o Servicios Sociales. Ahí empezó todo, y por eso la derecha considera a Zapatero el mismísimo diablo con rabo y cuernos.

La crisis económica fue mundial, pero en España alcanzó dimensiones apocalípticas de las que no nos hemos recuperado. Y eso ocurrió porque los poderes económicos y religiosos seguían maniobrando en la sombra. Al final de su segunda legislatura, a Zapatero le faltó la valentía que había exhibido antes, y España entró (o la empujaron) en un túnel que fabricó pobreza y miles de millonarios con la desgracia de los otros. Y todo permitido y a veces coordinado desde el inmovilismo o la complicidad de un gobierno que hacía la ola a las grandes corporaciones; Mariano Rajoy fue el presidente que realmente empobreció a esta España que decía defender, y ha creado tensiones que ahora mismo amenazan con la ruptura. Fue el mayor proveedor de independentistas, bien ayudado por gente como el inefable ministro Wert, su vicepresidenta y una caterva de palmeros que se han creído depositarios de no sé qué mandato divino.

La llegada de Casado a la presidencia del PP no es una catástrofe nueva, es prorrogar lo mismo de los últimos años, y su discurso de unionismo recalcitrante, de loas a la escuela concertada, de bajada de impuestos y de guiños a las organizaciones de extrema derecha que pasean guaguas con carteles medievalistas es la verbalización de lo que ya se hacía en la etapa de Rajoy; no olvidemos tampoco que la muñidora de muchas de sus nefastas políticas fue Soraya Sáez de Santamaría, que si hubiera ganado, estaríamos con la misma canción, idéntica música y leves variaciones en la letra. Así que, todo esto es nueva política y tres piedras; un “déjà vu”, pues a veces me parece estar de nuevo en 1977.