Opinión

No me pises lo mojado

25/09/2018

El mundo de la comunicación se ha convertido en una paradoja, que me temo no se produce de una manera espontánea, sino que hay una cocina previa que trabaja a favor o en contra de determinados intereses. Los medios están lanzando cada día llamadas de atención porque va a producirse un gran evento, va a suceder un hecho insólito o alguien hablará en exclusiva sobre un tema candente. Es un clásico que siempre resulte más de lo mismo y esas exclusividades vienen a ser iguales para todos los medios. Antaño, se producían noticias importantes, y cada día se iban desgranando los detalles de la evolución de un temporal, unas elecciones importantes o cualquier asunto que era de interés general. Algunos recordamos cómo, en nuestra niñez, se esperaba el periódico o noticiario de Radio Nacional para saber más detalles de la guerra de Argelia, del secuestro del Santa María por Henrique Galvao o del gran terremoto de Agadir. Y siempre había un dato nuevo de última hora. Hoy, la última hora es una rueda de prensa para repetir lo que ya sabíamos.

Ahora, que tendría que haber noticias una detrás de otra, porque hay medios para hacerlas circular, sucede un fenómeno que demuestra claramente que la información está controlada a todos los niveles, no sé de qué manera, pero el caso es que camina solo lo que interesa. Por muy sonoro, terrible o sorprendente que sea un hecho recién acaecido, las noticias se generan y van configurándose en las dos primeras horas, sea un accidente aéreo, un tsunami o un atentado. Pasado ese tiempo, se empieza a repetir lo ya sabido, a escuchar las mismas declaraciones o a ver las mismas imágenes. Es decir, esas dos horas es el tiempo que se tarda en controlar las fuentes de información, y eso lo hemos visto incontables veces en los últimos años, fuera el ataque a La Torres Gemelas o el reciente derrumbe del puente Morandi en Génova, y en medio inundaciones, atentados o cualquier otro hecho trágico o inesperado. Son las dos horas en las se trata de acotar la información para ver cómo se utiliza; a partir de ese tope, pueden pasar día en las que los noticiarios, los periódicos y las emisoras de radio repiten hasta el cansancio lo que se sabía dos horas después del suceso.

«...Todas las voces de siempre dicen lo que se espera que digan, con lo cual no se entiende que haya una turba de periodista esperando esas declaraciones que ya sabemos cuáles van a ser».

Luego nos encontramos con grandes despliegues informativos en los que nunca se nos informa de nada. Ejemplos claros ha habido en estas últimas semanas: entrevista a bombo y platillo a Quim Torra en La Sexta y volvimos a escuchar lo mismo que hemos oído durante meses; una semana después es Pedro Sánchez el que habla en la misma cadena, y otra vez nos encontramos con el discurso repetitivo que le suponíamos. Las reacciones a estas entrevistas también son previsibles, este dirá que sí, pero que se queda corto, el otro que no porque la abuela fuma y así todas las voces de siempre dicen lo que se espera que digan, con lo cual no se entiende que haya una turba de periodista esperando esas declaraciones que ya sabemos cuáles van a ser. Es como si se necesitara una gran puesta en escena de casi todo.

Hace unos años, le hice una entrevista al palmero Monseñor Elías Yanes, arzobispo de Zaragoza y a la sazón Presidente de la Conferencia Episcopal Española. Había asuntos muy mediáticos sobre la mesa, pues durante el último gobierno de Felipe González se discutía sobre la enseñanza de la Religión en las aulas, además de los supuestos del aborto y otros temas muy debatidos entre la Iglesia y el Estado. Quien me encargó la entrevista, insistió en que le hiciera determinadas preguntas. Yo le dije que el obispo contestaría lo de siempre; es más, antes de la entrevista, escribí en un papel, de puño y letra, sus posibles respuestas. Utilicé una grabadora de voz, y al transcribirla quedó claro que había contestado exactamente lo que yo había previsto, en algunos casos con frases idénticas a las de mi “profecía”. Lo bueno del asunto es que gané una cena, aunque tampoco fue mucho mérito, porque las instituciones y los personajes que se erigen en figurones públicos funcionan como robots.

Esto fue lo que sucedió el martes pasado cuando el expresidente Aznar compareció ante la Comisión del Congreso. Todas las cadenas retransmitiendo en directo las preguntas que sabíamos que le harían Simancas, Pablo Iglesias o Rufián, y las repuestas vacías que también sabíamos que iba a pronunciar Aznar. Simultáneamente, hay corrillo de comentaristas en los estudios opinando sobre humo. ¿Dónde estaba la noticia? Fue otra representación del mismo guion de siempre. Y así sucede continuamente, por lo que, a estas alturas, me pregunto si merece la pena estar al loro de la política, porque, como ocurre siempre, se trata de lanzar palabras, pero eso al final poco incide en el bien de la ciudadanía. Y otro ejemplo es el nuevo Estatuto de Autonomía de Canarias, aprobado estos días. Retórica, palabrones, música para tapar el ruido, pero nada que sirva para quitar a Canarias de la cola de casi todo. Como decía mi abuela, “no me pises lo mojado”. Bla, bla bla, y encima lo llaman debate.