Ultramar

No han aprendido nada

13/09/2019

Nadie quiere elecciones, eso dicen, pero vamos a elecciones, de lo que se concluye que el valor de la palabra dada está en desuso. Ahora es normal decir una cosa y sin recato hacer la contraria. Difícilmente se puede de esta manera recuperar el prestigio de la política cuando ellos mismos, con sus tics caudillistas, son los que generan la desafección. Ahí andan sus protagonistas, ensimismados, arrogantes e incapaces, mientras el común de los mortales no deja de preguntarse cómo puede estar sucediendo lo que está pasando. Instalados en el desgobierno, en el no hacer, desoyendo el mandato de las urnas y abocándonos, en un torbellino delirante, a volver a votar para regresar al principio, desoyéndose unos y otros, pretendiendo imponer un gobierno sobre la rendición del resto. Lo de la política como el arte de convencer y persuadir queda para los libros de historia. Y es que lo que se impone es el nosotros, antes que la verdad, porque, como ha dicho Juan Bonilla, «siempre es más cómodo militar en el nosotros».

«Se permiten ser faltones con quien les cuadre, pero no consienten siquiera que se les tosa»

Desolador teatrillo el que estamos contemplando. Vetos aquí, vetos allá. Y, para más inri, la cortesía brillando por su ausencia. Vuelve a cobrar vigencia la vieja sentencia del político republicano Fernando de los Ríos: «En España lo revolucionario es el respeto». A la vista está que andamos necesitados de una buena revolución, tal y como se comportan los elegidos, más dados a atender al tono combativo y faltón que se impone en las redes sociales que a las necesidades de la ciudadanía. Poco les importa que esta dé muestras más que suficientes del hastío a la que la han abocado, del estupor con que contempla cómo quienes dijeron asumir el mandato del electorado de sucumbir al diálogo no salen del reproche, vivan instalados en una campaña electoral permanente y se guíen por las aversiones personales, dándole la razón a Raúl del Pozo que dijo que «cuando un hombre se encuentra con el poder en las manos empieza a reverenciarse a si mismo», de ahí la egolatría imperante, permitiéndose ser faltones con quien les cuadre, pero no consistiendo siquiera que se les tosa, haciendo realidad la máxima que certifica que el abuso del poder está implícito en su ejercicio mismo.

Volverán a reclamar la responsabilidad cívica de acudir a las urnas, después de haberse instalado en una manera de hacer política de bloques que ha conducido al bloqueo y en la que prima el espectáculo y el personalismo, sin garantizar que la nueva cita nos librará de ella. Se les acaban los discursos. El filósofo Daniel Innerarity lo ha dicho con claridad meridiana, en una sociedad plural, y la nuestra lo es, la política pasa por tener «capacidad de cooperación, disposición a autolimitarse, generación de confianza... Quien no ha aprendido esto último, no ha aprendido nada». Ahí estamos. No han aprendido nada.