Papiroflexia

Morir solo y en el olvido

11/07/2019

Entregó sus últimos años en exclusiva y sin remedio al amor de su vida. A pesar de que su rostro se confundía a ratos con el de una extraña y las imágenes de otros tiempos se mezclaban con el presente, ella nunca se separó de su cama y se mantuvo firme hasta el último día. Tras el adiós, comenzó a marchitarse. Había cumplido su misión como esposa y amiga, como madre y abuela. Ya nada tenía sentido, ya no había motivos por los que luchar. Y nadie a quién dar la mano, ni curar las heridas. Se fue yendo lentamente con él. Tuvo tiempo para despedirse, pero ya había cumplido su cometido durante años de dependencia al dependiente. No hay amor más noble y cristalino que el que se ofrece al que olvidó tu nombre.

Ahora que casi se cumple un año desde que empezamos a llorarla, con su recuerdo imborrable, es tiempo de repasar y honrar sus méritos. El empeño de una mujer cuidadora. Una mujer de antes en todos los sentidos y virtudes, que entregó su juventud a los suyos y regaló su vejez a la enfermedad de su marido. Y una vez satisfecha, con todo en orden y sin cargas para nadie, se fue una noche en el ocaso del verano. Sin hacer ruido y con el salón de repleto de fotos.

«Tampoco el cuidador debe sufrir esa carga, tanto o más pesada como la del dependiente...»

El Estado del Bienestar no alcanza lo suficiente a las personas dependientes ni a sus cuidadores, casi siempre mujeres como ella, que incluso tienen que abandonar su trabajo o sueños para atender a sus padres o maridos, incluso hijos, cuando estos ya no pueden valerse solos. Ella tuvo la suerte de unos hijos entregados a su causa. También nietos que, como sus hijos, la entendieron como una suerte de heroína sin capa que podía con todo y todos. El villano esta vez fue indestructible y sigiloso borró su vínculo del recuerdo de la persona que más quería. Y aunque sus labios dibujaban una sonrisa aquella mañana de septiembre, la amargura por los incontables golpes de la vida había arrugado su rostro.

Muchas personas sufren a diario en silencio y sin casi ayudas su misma penitencia. Debe ser muy duro dudar entre mantener de forma artificial el recuerdo del pasado y el deseo de que la persona más querida se vaya cuanto antes para evitar ser testigo directo de su dolorosa decadencia. Aún queda mucho por mejorar en dependencia, nadie puede morir solo en su casa. Tampoco el cuidador debe sufrir esa carga, tanto o más pesada como la del dependiente.

Nuestra sociedad no está preparada para la longevidad ni para los problemas que ésta prolongación conlleva. Mal nos irá a todos si no se ponen más medios para la dependencia en una sociedad de viejos a los que, encima, se les considera un estorbo o se les deja morir olvidados en sus casas.