Monos con escopeta en la red

21/02/2020

Esta semana saltaba un nuevo escándalo en el seno del FC Barcelona. Según adelantaba la Cadena Ser, la empresa I3Ventures había sido contratada por el equipo azulgrana para gestionar una serie de cuentas en redes sociales dedicadas no solo a monitorizar la imagen del club y del presidente, sino también a erosionar la imagen de terceros con el objetivo de mejorar el perfil público del propio presidente Josép María Bartomeu y su equipo directivo. Esta noticia, además de ser un bochorno más para Bartomeu y sus compañeros de descalabro, viene a significar aún más lo dañinas que pueden llegar a ser las redes sociales si no se utilizan con mesura y ajustándose a los parámetros que marca la legislación vigente. Muchos internautas piensan que en este cibermundo todo vale y pueden hacer y deshacer a su antojo, aunque por medio estén destrozándole la vida a alguien más vulnerable que ellos.

«No distingue entre el humor, la crítica y la incitación al odio que, sin ir más lejos, es delito»

Me vienen a la mente muchos casos de menores que han llegado incluso a quitarse la vida por el ciberacoso, un mal que en España afecta a uno de cada cinco niños y una de cada siete niñas de entre 12 y 16 años. Cifras que, en el caso del acoso sexual a través de la red, afectan más a las mujeres –cuatro de cada diez chicas o el 42,6% frente a un 35,9% de los chicos–, según datos de Unicef

El problema no solo es privado, sino adquiere tintes públicos cuando hablamos de personas que tienen algún tipo de relevancia, sea la que sea. Recientemente, la concursante grancanaria de Operación Triunfo, Eli Sánchez, declaraba a los medios que incluso, había recibido mensajes en los que le deseaban la muerte, y todo ello porque a los remitentes de los mismos «no les caía bien», dijo. Esto se lo hicieron a una joven de solo 19 años que había manifestado actitudes quizás poco correctas en la Academia, pero que en ningún caso ofendió a nadie. Por ello se lanzó una campaña de desprestigio hacia su persona en las redes que motivó su posterior marcha del programa. Y todo lo inició un youtuber de sobrenombre Malbert, al que, como no le cayó bien, inició una campaña de verdadero acoso sobre ella. Jóvenes que se ganan la vida poniendo a parir a quien toque a costa de visitas en sus perfiles que les generan importantes sumas de dinero. Pero no puede ser. Son verdaderas incitaciones al odio que pueden generar efectos muy peligrosos y hacer muchísimo daño a los destinatarios de las mismas. Este Malbert se hace autodescribe con un «me gusta tocar los cojones. Soy intenso y porculero. Licenciado en sacar de quicio». Un mono con escopeta que no distingue entre el humor, la crítica y la incitación al odio que, sin ir más lejos, es delito.